Febrero, la montaña y un Sol

Autor:

Osviel Castro Medel

CARACAS, Venezuela.— Ahora comprendo mucho mejor a Cristina; ahora entiendo por qué aquel día llegó de nubes y se marchó de Sol. Entiendo por qué lloró cuando tocó el mármol y tuvo la sensación de que estrechaba la mano de Él, extendida desde algún espacio en el infinito.

Ahora interpreto la sacudida emocional de la Presidenta argentina cuando estuvo allí, girando una y otra vez en torno al féretro glorioso. E imagino cómo le caló la vida escuchar la voz ubicua del amigo hecha canción.

A mí, como a millares que lo han visitado desde marzo, me sucedió lo mismo. Temblé desde que se asomaron las siluetas del barrio popular 23 de Enero. Desde que apareció la pendiente, la llama y el cartel «4F». Una F que es febrero de rebelión esparcida en la Venezuela bolivariana.

Temblé desde que vi el viejo cañón que cada tarde dispara salvas a las 4:25, la hora en que Él atravesó los cielos. Y cuando, a la entrada, choqué con algunas de sus últimas frases antes de marcharse a Cuba para la complicada operación.

Cómo no trepidar ante el símbolo que late más allá de un cuartel en la montaña; más allá de fotos, de versos flotantes en el aire, del fuego, de la flor de granito que derrama el agua y se moja los pétalos.

Sentí lo mismo que Cristina cuando toqué el sitio donde reposa Hugo Chávez Frías: creí que todo, de repente —hasta la fuente que lo acaricia—, se hizo silencio. Silencio.

Después… volví a escuchar las canciones en su voz inigualable; advertí que cada foto hablaba; le miré los ojos todavía vivos, la sonrisa que dibuja un breve orificio entre la dentadura blanca. La sonrisa diáfana. Pura.

Sentí su respiración en la pequeña iglesia a la derecha que invoca alegorías; sentí sus latidos en cada imagen, en el Chávez vendedor de arañas, en el Chávez llanero, lanzador, soldado, líder, presidente, hijo, amigo, padre, hombre. Transité por su vida en ráfagas, por su despedida de diciembre, por la última foto con dos de sus hijas adoradas, por el mensaje de su retorno a Venezuela precisamente ¡en febrero!

Lo divisé, soportando terribles dolores, desafiando la enfermedad agresiva, bajo el aguacero de octubre de 2012 antes de las victoriosas elecciones. Y conocí más al ser humano que se inmoló callado para seguir edificando Patria.

Sentí que algo intentaba humedecerme el semblante cuando llegó el relevo de la posta que se reemplaza cada hora y media; cuando los jóvenes húsares, vestidos de rojo, dijeron las consignas y vino, potente y solemne, a coro, el: «¡Chávez vive, la lucha sigue!» Era, simplemente, una lágrima.

Sentí que el tiempo no era ya tiempo sino instante detenido. Que el mundo es un grano giratorio que nos coloca algún día en el lugar menos pensado. Que, como Cristina, me marchaba del Cuartel de la Montaña con un Gigante dentro convertido en Sol.

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