A mi padre

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Hoy me gustaría dedicarle algunos pensamientos a un hombre sencillo: mi padre. No lo hago por cumplir con los dictados de las convenciones sociales, ni por estar a tono con una fecha del calendario.

Mis porqués no se sustentan en básicas cuestiones de merecimiento o compromiso. Hace casi 15 años la vida me obligó a decir «papá» el doble, incluso el triple de las veces que me habrían tocado, de no haberse convertido la palabra «mamá» en grito ahogado por la ausencia impuesta.

Entonces, me permito regalarle estas palabras —a punto de convertirse en promesas de silencio— por haber llenado con tantos poquitos un espacio condenado al enojo y la melancolía, por restaurar las noches para obsequiarme los días y por zurcir afectos para multiplicarme el amor. Gracias a él supe que aunque tenía una esquina solitaria en el corazón, también poseía otros espacios fecundos.

Profeso un odio casi sobrenatural por el vocablo «huérfana». En una ocasión, en la etapa de la secundaria básica —¡qué edad tan complicada para asumir posturas y comprender los enredos de los adultos!—, los profesores organizaron una reunión con las madres (solo las madres) de los alumnos, para discutir cuestiones relacionadas con un concurso de cocina que querían realizar como actividad extraescolar.

Todo se trastocó en miedo cuando a alguien se le ocurrió decir: «Y en el caso de ella, ¿qué hacemos? Es huérfana de madre». Pero mi papá, que tuvo que aprender por mí a manejar el arte culinario (y muchos otros) por la vía más dolorosa del ensayo y error, no dejó que eso me afectara. «Ya pensaremos en algún mejunje o sambumbia», —esos eran los códigos teórico-conceptuales utilizados para designar todos los «inventos» de la haute couisine salidos del empeño y la voluntad de mi progenitor. Tal vez precisamente ahí radique mi gusto desmedido por las pizzas.

Ese día comprendí que no tener conmigo a mi mamá no significaba que estuviese desprotegida, desabrigada, ni carente… Ella no estaba, pero estaba él para encargarse de los complicados asuntos de la cocina, de atender una casa, velar mis sueños durante las crisis de asma, bajar las fiebres, acompañarme a las fiestas y cuidar que no desviara mi vida por caminos incorrectos. Aunque, en no pocas ocasiones, me dejó con toda intención tomar algún que otro sendero equivocado, pues «nadie escarmienta por cabeza ajena».

Ahora que lo analizo entiendo que la historia de mi vida ha tenido en mi padre el mejor de los artífices y el más crítico de los lectores. Me mostró —muchas veces en silencio, porque hablar no es su fuerte— cómo ser una sobreviviente. Me enseñó a ganarle la partida a la soledad, a pedir perdón a tiempo y a reconocer el valor de la modestia y la perseverancia.

Los cuentos nocturnos de Juan y las habichuelas mágicas, la minuciosa observación del cielo para enseñarme a identificar la Osa Mayor, las galletas de chocolate —que todavía me compra—, las clases espontáneas de Geografía, Historia Universal, carpintería, electricidad y béisbol; los millones de muñecas que me compraba y la paciencia con que peinaba mi pelo rebelde, me demostraron que mi papi, aunque parece un individuo rudo y temible, es la bondad hecha hombre.

Chucho —así le dicen desde pequeño a mi viejo, aunque no se llama Jesús, sino Alberto— tenía la fórmula mágica para hacerme dormir: acariciaba mi cabeza con sus manos grandes de obrero ferroviario. Y aunque los años las han llenado de temblores y artrosis, no han podido privarlas de la fuerza para continuar ayudándome a crecer.

A mi padre le debo ser quien soy. Por eso cada vez que me miro al espejo, me alegro, con orgullo desmesurado, de ser su versión femenina: de tener sus ojos, su nariz, el mismo lunar en el cuello, sus manías, su carácter contradictorio, su esencia…

Cada experiencia que he tenido a su lado me ha hecho darme cuenta de que yo estoy en este mundo con cuota reforzada de papá. El mío no asumió simplemente el rol mamá-papá, ni se remitió a ocupar el cargo de padre de familia. El mío ha sido (es) toda mi familia.

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