Lo que hay que sacar del medio

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

«Quítate del medio, que mira que te tumbo…» Replico la letra de una conga de tiempos inocentes e infantiles, de coros en las guaguas y excursiones escolares, pero que podría muy bien derivar en cauces más serios.

Pudiera equipararse, incluso, con una especie de «letra» que nos ofrecen algunos de los santos y señas de la actualización.

La conexión viene a cuento porque acaba de decidirse que las ventas al turismo del sector campesino se hagan —de verdad— directamente, sin intermediación alguna de las cooperativas, que por el simple trámite de ser las «madrinas» legales se llevaban un cinco por ciento de «comisión». En lo adelante los labriegos firman de tú a tú con las instalaciones hoteleras los contratos para esas operaciones.

Pero lo más revelador no es siquiera el ejemplo anterior, mencionado en reciente reunión por Marino Murillo Jorge, miembro del Buró Político del Partido y jefe de la Comisión de Implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. La mejor connotación de la medida es realmente simbólica, es lo que expresa hacia el futuro de la economía del país:

«Vamos a sacar del medio a todo el que no haga nada, porque eso solo encarece y hace a la economía más ineficiente», vaticinó Murillo.

El pronunciamiento es de sumo valor para una estructura económica bastante plagada de intermediaciones, que nada le aportan a su eficiencia y eficacia, y que atan sobremanera las fuerzas productivas, aun cuando ni siquiera reciben por ello comisión alguna como las mencionadas cooperativas.

A lo largo de muchos años los actores de nuestra economía se han visto en la disyuntiva de ser como un matrimonio obligado a dormir con alguien en el medio de la cama. ¿Se imagina lo que significa lograr la plenitud en circunstancias semejantes?

No pocas veces el síndrome de «los del medio» fue alimentado por el ansia de control; en el supuesto de que esas ataduras garantizarían unas actuaciones y un accionar más pulcros y apropiados, lo que en realidad derivó en el pesado síndrome de la enajenación de la condición de dueño, esa a la que tanto aspira el socialismo, porque se desalentó el verdadero protagonismo.

Esa tendencia inmovilista de esperar que todo venga de arriba fue estimulada, entre otras razones, por esa incapacidad para decidir abajo, entre el entramado institucional y empresarial del país, y hacia el interior de los colectivos de trabajadores.

Sería interesante conocer de  auditores del país, si acaso esa enorme cantidad de mediadores, que hoy enlentecen cualquier operación, contribuyó en algo a un ejercicio económico y contable más limpio, transparente y eficiente.

Si un filósofo afirmó que nadie se podría bañar dos veces en el mismo río, porque las corrientes de siempre le obligarán al chapuzón en aguas nuevas, el destino colectivo de esta Isla se zambulle por inéditos y desafiantes cauces.

Como ya afirmé en este espacio, Cuba vive la circunstancia que los teóricos del marxismo llaman una «situación revolucionaria». La diferencia es que en nuestro caso, tanto la dirección política como el pueblo adquirimos conciencia de su existencia. Y esa concordancia entre la dirección política y el ansia transformadora del pueblo es una extraordinaria bendición, porque el día en que ambas fuerzas se situaran en orillas opuestas marcaría el minuto de parálisis y retroceso de nuestra historia.

El simbolismo está en que este país no tiene solo por delante hacer parir mejor las tierras y las fábricas, y en consecuencia cubrir mejor las mesas y las vidrieras. Se trata de demostrar que el socialismo puede ensanchar bienestar, equidad y libertades.

El lance es tan complicado como ser capaz de levantar un paradigma atractivo y sustentable frente a un capitalismo que ha demostrado capacidad de acomodo y superación de las crisis, además de un galopante y provocador desarrollo tecnológico, pese a su irracionalidad ecológica, desenfreno, iniquidad y amoralidad.

Ello requiere que nuestro modelo sea de mayor participación. Debe lograrse que los ardores creados por la mencionada paradoja desemboquen en la construcción común de una dinámica económica, tecnológica, social y cultural renovadora, y no en el escapismo o la enajenación que harían precaria y dudosa la supervivencia en el mundo actual.

Definitivamente es preciso hacer sentir a todos que pueden unirse a la letra de la conga: «Quítate del medio, que mira que te tumbo…».

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