Decencia y cordura

Autor:

Lázaro Chacón Vázquez

Comienza la noche en Santa Clara y la ciudad viste sus mejores galas. Abundan los jóvenes vestidos atrevidamente, según las últimas tendencias de la moda. El llamado «malecón» santaclareño, en las afueras del teatro La Caridad, acoge a cientos de adolescentes y jóvenes empeñados en polemizar, descargar guitarra en mano con los más diversos temas trovadorescos o simplemente reunirse entre amigos. Pero muchas veces no se dan cuenta (¿o sí?) de que molestan a los asistentes al citado centro cultural y no les permiten disfrutar de los espectáculos.

No lejos de allí, en el centro cultural Somos Jóvenes, presencié hace pocos días algo que no debemos permitir y que requiere la acción de todos. Un grupo de muchachos personificaba la vulgaridad en su modo de hablar y las formas de relacionarse, mientras que a golpe de reguetón se enfurecían con el alcohol a flor de piel. Luego, al salir del lugar, de manera violenta pateaban los cestos de basura y vociferaban en la calle las últimas canciones de moda.

Si seguimos los medios nacionales y de los territorios, nos damos cuenta de que algo parecido ocurre en otros centros recreativos del país, donde este tipo de comportamiento existe y se escuchan canciones que, entre otras «virtudes», denigran la integridad y los valores de la mujer.

Por esa fuente sabemos que son innumerables las quejas de los vecinos aledaños a estos centros culturales. Y no es que esté en contra de la diversión: al contrario, doy vivas por ella, pero hay una línea que separa lo sublime de lo ridículo y lo bello de lo grotesco.

Pero, ¿cómo eliminar estos sucesos todavía presentes en nuestra sociedad? La solución a esta interrogante la tenemos nosotros mismos. Se necesitan las fuerzas de la vigilancia revolucionaria y el apoyo de todos para eliminar estos actos, que rozan con el vandalismo.

Ya es momento de que la sociedad unida enfrente esas conductas que pueden derivar en peligro mayor. Es el instante de pasar de la irritación a la labor colectiva para que cada ciudadano proteja su pedacito y el común, convirtiéndose en guardián que frene a esos inescrupulosos. La indecencia, la descortesía y el salvajismo son comportamientos que urge enfrentar, para evitar su propagación en la comunidad.

Para que triunfen la decencia y la cordura hay que hacerles notar a esos jóvenes que su conducta está afectando al resto de la sociedad. No debemos asumir que lo más natural sea pagarles con la misma moneda, sino actuar de modo que sientan el reclamo de la opinión pública. Para eso deben primar el diálogo y la delicadeza, pero con firmeza, ingredientes imprescindibles para la formación de valores indestructibles en los seres humanos y en especial en los jóvenes, porque somos nosotros el futuro.

En la juventud se pueden cometer errores inherentes al proceso de aprendizaje. Sin embargo, continuar cometiéndolos con el paso del tiempo solo nos convierte en cromañones. La vida puede seguir siendo «una gran fiesta», pero con respeto a la integridad de todos los que transitamos en este carrusel. La vulgaridad, el vandalismo, las indisciplinas sociales y la violencia podrían devolvernos a la época de las cavernas, solo que con zapatos y pantalones.

Nota: Esta opinión forma parte de la sección Generaciones en Diálogo.

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*Estudiante de Lengua Inglesa de la Universidad Central de Las Villas

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