La bondad no anda sola - Opinión

La bondad no anda sola

Autor:

Alina Perera Robbio

Por razones entrañables salí a caminar una de las arterias más importantes de La Habana a altas horas de la noche. Disímiles pasajes y personajes iban discurriendo ante mí. Y en esa ruta, de todo lo visto, una escena me provocó asombro y desconcierto:

Dos adolescentes «jugaban de manos» de modo peligroso; parecían fieras dándose zarpazos; se acercaban y alejaban mientras intercambiaban, sin contención alguna, arañazos, manotazos, tirones de cabellos. Todo entre risas y gritos.

Lo más impactante fue que el enfrentamiento «cordial» se producía entre un muchacho y una muchacha. Hablaban el mismo idioma de violencia, algo que igualmente hubiera resultado lamentable de haberse producido entre dos varones, o entre dos «damas».

La primera reflexión que vino a mi mente tuvo que ver con los tiempos de la inocencia, con los instantes en que esos seres humanos, pequeños y frágiles, fueron cobijados por alguien. Es una idea que tengo en común con una amiga, según la cual, cuando vemos a una persona practicando conductas negativas —incluso actitudes por las cuales deben responder ante la justicia—, preguntamos cómo y cuándo comenzó a desmoronarse un ser cuyas torceduras no habían estado escritas en tramo alguno de su cadena genética.

Francamente creo que debemos hacernos preguntas como estas en la Cuba de hoy. Porque luego de más de 20 años de una resistencia legítima y llena de sentidos, pero que nos ha puesto tensos como cuerdas de violín y ha provocado lógicos desgastes, debemos emprender análisis que no pueden esperar.

Si el país está cambiando en lo económico, buscando fórmulas que permitan hacer sustentable la justicia, debe también atender la dimensión subjetiva de todo derrotero.

Como familia insular debemos sentarnos a la mesa de todos, y conversar sobre qué modelo humano nos interesa defender e ir modelando desde ámbitos tan cardinales como la familia y la escuela. No es admisible, como me contaba un colega, que un profesor visite casas de sus alumnos adolescentes, los cuales se ausentaban de las clases, y que en más de un hogar los padres hayan dicho: «Ese es un problema de ellos…». No es admisible porque somos hijos hasta el final, del mismo modo que somos padres hasta las últimas consecuencias.

La responsabilidad por hacer mujeres y hombres de bien comienza en el seno familiar —dimensión relegada durante años a nivel social, en una temporada de desequilibrio que puso sobre la escuela casi todo el peso en la formación de los ciudadanos—, y el proceso continúa en las escuelas y se complementa con los medios de comunicación y con todo espacio donde el país pueda ventilar problemas y amenazas que ponen en peligro la salud moral de la sociedad.

Mucho queda por hacer cuando se han vuelto señales recurrentes las reyertas en los ómnibus; las actitudes ruidosas, violentas e impúdicas en las calles; el lenguaje preñado de malas palabras (utilizado incluso entre niños); la falta de capacidad para comunicarnos y extender puentes loables, como redes que van conformando un tejido social sano.

La revolución mental a que estamos abocados y obligados en estos momentos también pasa por adecentarnos, por ejercer en cada escenario social el fino arte de educar y hasta la presión que sea necesaria en aras de condenar toda desfachatez en la conducta. De lo contrario, el día que tengamos una holgura material tangible estaremos desprovistos de herramientas morales para catapultarnos desde cierta comodidad objetiva hacia planos superiores de plenitud.

La nación toda debe ser una escuela; y en ella, cada persona capaz y responsable debe convertirse en maestro, en restaurador que pondere los sentimientos: «(…)¿qué escuelas son estas —escribió nuestro Martí— donde solo se educa la inteligencia? Siéntese el maestro mano a mano con el discípulo, y el hombre mano a mano con su semejante, y aprenda en los paseos por la campiña el alma de la botánica, que no difiere de la universal, y en sus plantas y animales caseros y en los fenómenos celestes confirme la identidad de lo creado, y en este conocimiento, y en la dicha de la bondad, viva sin la brega pueril y los tormentos sin sentido, pesados como el hierro y vanos como la espuma, a que conduce aquel bestial estado del espíritu en que dominan la sensualidad y la arrogancia. ¡No sabe de la delicia del mundo el que desconoce la realidad de la idea y la fruición espiritual que viene del constante ejercicio del amor!».

Tenemos que hablar de estos asuntos sin cansarnos. Porque resulta estratégico, salvador. Porque, dicho también martianamente, «la bondad no anda sola, sino que es precisamente lo que en el mundo necesita más estímulo». La profundísima idea de que solo es feliz el bueno, deberá atravesarnos en cada esfuerzo por desarrollarnos, lo mismo desde la aspiración de nuestras necesidades básicas, que desde la dimensión donde mostramos al mundo cuánto hemos crecido, o no, desde dentro.

Nota: Esta opinión forma parte de la sección Generaciones en Diálogo.

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