Aguacero en Caracas

Autor:

Osviel Castro Medel

Caracas.— El equipo amplificador estaba «en llamas», como se dice en el argot popular cubano. La música le salía baja y algo desfigurada por los poros electrónicos. Sin embargo, aun así, los artistas hacían del escenario un campo telúrico en el que parecían dar la vida.

Y, el teatro, lleno de punta a cabo, reía a chorros o a rocíos, según fuese el número presentado. Disfrutaba; aplaudía muchas veces con una emoción desmedida, justificada por el hecho de que varios de los protagonistas encaramados a las tablas nunca habían enseñado a ese público el talento escondido bajo las urgencias del trabajo.

Era una fiesta plural. Sí, porque había declamadores, cantantes, bailadores, «chivadores» y hasta algún comediante caído con las últimas lunas.

Los presentadores, tan nerviosos como casi todos los presentados, anunciaban el espectáculo en bloque, mencionando los más diversos nombres de barrios caraqueños: La Vega, Gato Negro, Pinto Salinas, Fuerte Tiuna, Santa Rosalía, Montalbán... Desde esos lugares habían caído los intérpretes.

Entre poema y estribillo uno pensaba, sentado en la butaca a media luz, en la versatilidad de aquellos artistas y en lo estupendo del espectáculo. Porque, en la vida real, ninguno era artista de profesión.

Mirándolos declamar o cantar con afinación celestial, o hasta titubear de vez en cuando, a cualquiera se le llenaba el cuerpo de fervores pues los que estaban allí esa mañana eran profesionales de estetoscopios, jeringuillas, anestesia, batas blancas, salones de operación. Eran «auscultadores» de honduras humanas, curadores de entrañas.

Al observarlos, uno concluía en que resulta difícil permanecer como estatua ante el gesto, no únicamente cultural. Difícil no inclinar la sien ante los que, soportando las mordidas de la distancia y de los recuerdos hogareños, alivian cerros o caseríos inescrutables con recetas salidas de la profundidad del pecho, y luego se van un domingo a hacerse música, coreografía, verso... sin buscar otro premio que el aplauso de sus compañeros de causa.

El espectáculo tuvo un nombre largo: «Festival de artistas aficionados de los colaboradores de la Salud del Distrito Capital»; pudo llamarse fácilmente «Aguacero de estrellas». Y es que, a riesgo de desembocar en el término manido, los que actuaron ese día durante dos horas tenían —tienen— el deseo del agua que va empapando los verdores en las madrugadas y el halo de los luceros que pernoctan en cualquier espacio, más allá del espacio.

El espectáculo pudo haberse llamado Mostrando lo cubano, porque la cubanía, bichito difícil de contener en Caracas o Beijing, se fue adueñando de cada átomo, y convirtiendo la rueda de casino en gozo, la competencia de las parejas bailadoras en algarabía sana. Convirtiendo el final en conga, la conga en arrollo (que no arroyo), el arrollar en alegría, y la alegría en abrazo.

Y ese abrazo se fue transfigurando en bálsamo aun en la afonía de la música o en la rémora que provoca la añoranza.

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