Milagros

Autor:

Osviel Castro Medel

CARACAS, Venezuela.—Me lo contó Alejandro Campos, un enfermero habanero; y tuve que levantar las cejas, estupefacto con su historia, breve pero conmovedora.

Él acompañó, en travesía aérea, a un señor entrado en años que jamás había visto el rostro de sus hijos. Por tener, tenía diez el hombre; sin embargo, no conocía el rostro de ninguno. Las cataratas le habían convertido la vista en noche extensa y sin planetas.

«Desde joven se había quedado ciego y venía muy mal en el avión, nervioso, tenso... porque iba, al fin, después de tanto tiempo, a ver a sus hijos. Tuvimos que darle tremenda terapia psicológica para que se calmara», me relató Alejandro.

Y me dijo que el individuo era como un niño, un niño que ni siquiera sabía bajar las escalerillas del avión que lo trajo de vuelta a Venezuela después de la portentosa operación en Cuba.

Lo cierto es que el paciente, al llegar, dio los abrazos más fuertes de su vida y lloró incontrolable de alegría, y besó infinidad de objetos, de espacios... de personas, que volvieron a asomarse más gastados o crecidos a sus ojos.

Tembló ante la playa y la llanura; se dejó raptar por el paisaje del sol metiéndose entre dos montañas, se detuvo ante el hormigueo de las ciudades con mayor anchura, miró las maravillas de las cosechas que pare la tierra, repasó cada rasgo facial de sus hijos. Comparó la voz con el rostro y el paralelo le supo a gloria entera.

Alejandro ni siquiera recuerda el nombre de esa persona que había echado raíces en el campo recóndito venezolano; pero tampoco creo que sea demasiado necesario. A fin de cuentas, su historia es solo un pedazo de la gran novela humana que empezó a tejerse desde que en julio de 2004 echó a andar la Misión Milagro.

Desde entonces, como reseña la televisora internacional Telesur, 2,5 millones de personas de 34 países de América Latina, África y el Caribe se han beneficiado con el mismo milagro que tocó a este hombre de los hijos.

Por eso Alejandro, cuando retornó ahora a Venezuela como colaborador, celebró tanto el relanzamiento de la misión que idearon Fidel y el eterno Comandante bolivariano. «Me alegra que la hija de Chávez esté al frente», confesó para referirse a Rosa Virginia, la jefa designada por el presidente Maduro para la nueva fase de este proyecto con tanto vuelo humanista.

Su alegría es comprensible porque percibió y comprendió el prodigio de muy cerca, no solo en aquel imborrable vuelo. Porque acaso en este momento imagina a aquel señor admirando el verdor de los montes cercanos o contemplando a los suyos, hechos una rueda, en torno a él. O riéndose de la vida misma.

Y eso es, como quiera, un verdadero milagro.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.