¿Recompensa merecida?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Niños a la casa. ¡Y con buenas notas! Las caras de orgullo exigen con todo el merecimiento del mundo que el premio a inventar debe ser por todo lo alto. Dolores de cabeza. ¡A pedir vacaciones! O regalarle al menos un fin de semana como estímulo a su sacrificio de todo un curso escolar «portándose bien».

A los tíos también nos toca. Y entonces sale uno a inventar un día perfecto para el pequeño gigante que, como héroe al fin, espera su trofeo. ¡Nos vamos para el Zoológico de 26! Dichosa opción al alcance. Pero toda felicidad tiene un límite.

Hemos logrado vencer a los cocodrilos inmóviles. Creo que ya convencí al niño de que están vivos. Eso espero. Aunque sus ojitos desconfiados me miran al punto de la decepción. Pero no hay tristeza que un par de monos juguetones no puedan derrotar. Al fin mi consentido de hoy sonríe. En verdad son graciosos los primates.

Los osos parecen estar tan molestos como los caimanes. ¿O estarán castigados? Tienen toda una alberca gigante para sí y mientras nos cansamos de buscarlos por su recinto, observamos que un padre se esfuerza porque su hija vea al peludo pardo que está tras las rejas y no puede salir a su espacio normal. Es mejor de lejos que nada. Satisfago, a medias, el deseo de mi joven acompañante.

Entonces comienza el concurso de zoología. Confieso que no soy muy ducha (o casi nada) en el conocimiento de la fauna. Así que no puedo ayudar a mi muchacho. Tendrá que irse recordando al «animalito medio jorobado de la mancha gris». Ruego que quien sepa de lo que hablo, no se ría de mi desconocimiento. Pero se supone que para aprender se va al zoológico. ¿Dónde están los carteles que deben identificar a varias de las especies desconocidas?

Bueno, no hay nada que el paseo por la fosa de los leones no pueda remediar. Pero no parece ser mi día de suerte. Sigo quedando mal parada delante del niño. Resulta que hoy, sábado, se le ha ocurrido a alguien chapear la yerba del sitio. Llegamos allí buscando felinos y melenas y hemos hallado dos muchachos con maquinita y machete en mano. «No era la especie esperada, pero algo es algo», digo tratando de bromear. Creo que el niño sonríe.

Por suerte varias panteras animan la visita. Mi sobrino conoce también a un avestruz, un rinoceronte, algunas cebras, una familia de pavos reales y divisa de lejos al hipopótamo. Casi nos vamos y aparece el retoque final: el pomo de hielo se nos ha quedado sin agua. Seguro que en este kiosco me podrán ayudar. «No tenemos», es la respuesta repetida. Mejor nos vamos al Acuario.

Varias guaguas mediante y ya el sueño es realidad. Han aumentado el precio de la entrada y ahora además el show cuesta cinco pesos. Pero casi siempre ha valido la pena. Excepto en mi sábado. Un audio deficiente, las pocas sonrisas de los entrenadores y, para colmo de los colmos, un delfín con mal carácter que parece no querer colaborar en nada. ¡Quince minutos! después estamos bajando las gradas. El alumno de las buenas notas conserva sus esperanzas. Yo también.

Pero un 75 por ciento del lugar en reparación parece demasiado como para abrir al público. Excepto unas tortugas, varios lobos marinos y unas 15 peceras (algunas con el concurso de zoología para adivinar nombres otra vez), nada más pudimos encontrar.

«Nos vamos», me dice el niño mientras me agarra la mano. Me dejo arrastrar. Ya veré qué invento para el próximo sábado. Quizá experimente con la playa o alguna de las tantas actividades infantiles que andan en las calles por estos días. Por hoy es suficiente la recompensa.

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