Al rescate de ciertas palabras

Autor:

Alina Perera Robbio

Algunas palabras de las que en mi opinión no se hablaba desde hacía ya tiempo con énfasis, firmeza y frecuencia entre cubanos, parecen regresar de dimensiones recónditas. Es como si despertaran y volvieran a tener relumbre en un contexto de urgencias y de voluntad declarada por restaurar cuanto anda de desordenado y maltrecho en el país.

Así, para mi alegría, en más de una ocasión en el recién concluido Congreso de los periodistas (que dicho sea de paso me hizo sentir orgullo gremial por su altura teórica, valentía y preocupación por los asuntos más importantes de la Cuba presente), se mencionó la palabra «belleza» si, por ejemplo, se trataba de lenguaje o de buen hacer en el oficio.

Por primera vez, en mucho tiempo, sentí que se aludía a esa necesidad tan vital para la sociedad que queremos, de no divorciar las esencias de las formas. Sentí que con la mención de tal palabra se estaba hablando del acabado de las cosas, de la sed por la excelencia y el buen gusto —incluso en el momento de extender y compartir inobjetables verdades—, no como caprichos pequeño-burgueses sino como elementos enaltecedores de la vida misma porque, a fin de cuentas, como dijera uno de nuestros grandes poetas, «lo bello es lo justo».

Otras palabras, a mi modo de ver, se suman a la anterior, no por nuevas pero sí por adquirir una resonancia creciente, un énfasis que no les noté años atrás. La decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad, todas mencionadas por el Presidente Raúl Castro en su intervención de clausura de la más reciente reunión del Parlamento (para decir con pesar que encierran valores devastados en más de 20 años de resistencia), descorren las cortinas y vuelven a presentarse en el foro más importante de la sociedad cubana, en una invitación a que las naturalicemos y las manejemos sin rimbombancia, tan solo como ingredientes vitales de nuestra suerte diaria.

Así, por ejemplo, decencia era un término que muchas veces asociábamos a las «personas mayores». Pero es hora de decir que ese no es un término de viejos, o de otros tiempos, sino una condición imprescindible para encontrarle sentido a la vida. El mayor elogio que para mí puede recibir un cubano es que tras su paso por un pasillo físico o simbólico, alguien más atrás solo alcance a sentenciar: «Es una persona decente…».

Hay, sin embargo, una palabra de la cual casi nunca hablamos y que ahora mismo adquiere gran trascendencia por la falta que nos hace: pudor. El término está en el corazón mismo de la mujer y el hombre cultos que deseamos modelar y tener por miles. Se trata de pudor en el instante de compartir penas; o en el instante de preguntar al otro; o en el momento de mostrar a los demás cuánto tenemos (ya sea material o desde el punto de vista del conocimiento), teniendo en cuenta que, sobre todo en la dimensión material, el país vive una brecha creciente entre quienes tienen un poder adquisitivo manejable y quienes buscan con preocupación en sus menguados bolsillos.

Con razón me estoy imaginando a los amigos lectores, a los benévolos y no tan benévolos foristas cuyas opiniones aderezarán estas líneas una vez que aparezcan en la página web del periódico, decir que palabras son solo palabras, y que ellas serán acogidas o negadas, tozudamente, por la implacable dinámica de un escenario económico.

Y diré que es cierto, que nada es por obra del milagro o el beso de un ángel. Insisto en hablar, sin embargo, de lo que no se ve y puede ser tan decisorio (nombrar algo puede entrañar una premisa para su creación; el valor de una idea, o de la voluntad, jamás podrá cuantificarse). Para tocar este asunto no esperaré a que desaparezca la dualidad monetaria o a que los salarios sean más estimulantes, o a que el trabajo sea el principal canal de ascenso al bienestar.

Estoy hablando de palabras, y del motor más profundo de la transformación que queremos: el cambio de mentalidad. Estoy hablando de llenar palabras, y es obvio que para hacerlo primeramente debemos elegirlas, rescatarlas, defenderlas. Primero que todo, siempre será preciso conversar.

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