Confesiones a Carol

Autor:

Alina Perera Robbio

A veces una necesita sincerarse a fondo, dejar que la memoria suelte lastre para llevar un paso más diáfano y feliz. En eso pienso al recordar un episodio de mi vida que tal vez resulte inverosímil, pero que es real. Se trata de algo que debo contar a Carol, amiga de la infancia, porque ella necesita entender, porque merece una confesión que aclare las cosas.

El inicio del asunto aconteció hace muchas lluvias, soles, nostalgias, ganancias y pérdidas, bienvenidas y adioses. Todo comenzó cuando, como dos típicas vecinas allá por los años 60 del siglo XX, mi abuela Concepción nos hacía sendas blusas idénticas (a Carol la suya siempre le lucía mejor, pues yo era un ser escuálido), y así como compartíamos estilos, juegos, libros y todo tipo de capricho, intercambiábamos miradas del mundo y hasta sueños. De tal manera que llegada la adolescencia teníamos la típica relación de dos coterráneas muy bien llevadas.

Hasta esa edad de las ilusiones y el abrirse al mundo llegó la costumbre de intercambiar ropas, adornos para el cabello, zapatos…, y era tan fuerte la rutina, que cursando mi primer año de estudios universitarios le pedí a Carol, para una ocasión especial, una prenda que es el vórtice de esta historia.

Estaba invitada, junto con mi novio de estudios universitarios, a la recepción que se daría en una lejana y lujosa casa de la ciudad, cuyos anfitriones eran los padres de un condiscípulo africano. Invitación en mano, sin haber ido antes a encuentro similar, partí con mi compañero, quien se engalanó con una guayabera verde y un pantalón carmelita. Yo lo veía precioso, pero siempre tenía que provocarlo con algo. Así, no olvidaré un piropo travieso ante el cual él reaccionó manso y contento: «Amor… pareces un árbol», le había dicho.

Desde luego yo lucía mucho más extravagante: con mis zapatos blancos de cuando había cumplido los 15 años (tiqui-tiqui les decíamos entonces); con una sayita blanca muy corta, y una blusa roja, de bolitas pálidas y un lacito a un costado de la solapa.

El centro de la historia fue una pulsera de cuero, con piedrecillas engastadas, que me había prestado la amiga. Días después, cuando pude devolver el adorno, este parecía haber dormido en las fauces de un monstruo: estaba irreconocible. Carol, sin embargo, fue incapaz de pedir una explicación, y a mí me devastó aquel silencio, me llenó de una culpa muy pesada que ahora me quito poco a poco mientras hago estas líneas.

La verdad es que, estando en la recepción con mi nerviosismo a todo tren, el pulso cayó a las aguas de una enorme piscina. Todavía no sé cómo. El hecho es que ahí terminó para mí la fiesta, como terminó para mi novio, a quien le suplicaba se lanzara a las profundidades en busca del objeto ajeno. Mi árbol precioso, caballero a todo, no se lanzó porque el amigo africano suplicó paciencia. «Ahora no, por favor —dijo—; mañana dragaremos la piscina y todo quedará resuelto».

Como la operación no fue inmediata, estuve días ausente de la vida de Carol, hasta que me devolvieron la pulsera. En el instante de la devolución a la hermana, no sabía si reír o llorar por tanta mala suerte. La historia que habitaba en la destrucción de la prenda era tan increíble, que ni me atrevía a contarla.

Mi amiga de la infancia se portó como una reina. Y hoy quiero regalarle esta confesión que me quemaba el pecho, que casi me arrancó de cuajo la costumbre de acudir a su nobleza. Aunque, con todo y la vergüenza, debo confesar que era yo más feliz en esa era de no tener nada propio, y por lo mismo tenerlo todo al alcance del deseo y de esa voluntad tan humilde de pedir ayuda a quienes, por fortuna, tampoco tenían mucho, por no decir casi nada.

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