Cuando nos hinca una estrella

Autor:

Marianela Martín González

Ella cruzó la calle desafiando el tráfico y sobreponiéndose a la burla de un grupo de jóvenes que se ensañaron con su pie deforme. Por la insolencia con que se mostraban los «verdugos», solo atino a pensar que detrás de la cruel escena había muchos grados de alcohol, y una maltrecha educación que no se enmienda con regaños de ocasión, ni siquiera con medidas punitivas, por rigurosas que sean.

Para mi mayor sorpresa, como toque de lo insólito, quiso la luz verde del semáforo que tuviera a pocos metros de mí a los burlones, quienes se detuvieron en una esquina para no ser atropellados por el tráfico.

Y pude divisar, entre ellos, a un joven conocido, al cual jamás hubiese imaginado quebrantando la sensibilidad ajena. De un modo que solo él puede describir lo taladré con la mirada, y cesó su morbosa contentura. «Dejen la bobería que estamos en la calle…», logró balbucear, pero a esas alturas de su complicidad nada consiguió. Como si no hubiese bastado tanta burla, los improperios continuaron.

El muchacho que pude identificar en aquel infortunado grupo seguramente desconoce la fábula del escritor español Félix María Samaniego (1745-1801), la cual narra el triste desenlace de la cigüeña que se junta con gansos y grullas depredadoras de arroz, y cae, junto con las aves ladronas, en las trampas que les tiende un labrador.

El joven no leyó esa parábola. Es lo más probable. Nadie debe haberle contado que la honrada cigüeña, a pesar de que imploró su libertad y juró que estaba allí solo para comer culebras, no logró el perdón del labriego, quien dijo haberla encontrado con malhechores y como ellos debía pagar.

Pido desde lo más profundo que la mofa de aquellos muchachos no haya tenido mayores consecuencias, y que hayan dejado a la mujer en paz, y a otros, y que esa noche dominical no hayan colmado la paciencia de las autoridades, al punto de terminar como las sabandijas de la fábula de Samaniego: asumiendo la responsabilidad de sus actos.

Quiso el azar que la muchacha vejada y esta servidora coincidiéramos en nuestros viajes a la Clínica Veterinaria de Carlos III. Mientras esperábamos porque le hicieran la cesárea a su perrita, y atendieran a mi querido Romo, supe que ella se llama Mariana, un nombre que exorciza miedos y poquedades.

El tiempo se nos fue hablando de los animales que llegaban enfermos, y del profesionalismo de quienes allí trabajan, entrega que cada día hace posible la salvación de decenas de mascotas e incluso de animales de tiro y labranza.

Pude observar que la pierna de Mariana estaba como seca, y marcada por muchas cicatrices. Nunca saqué en claro porqué cojeaba. Su nobleza y el estoicismo casi sobrenatural que parece envolverla, me hizo recordar a la joven descrita por Dulce María Loynaz en Madrigal de la muchacha coja: se había hincado el pie «con la punta de una estrella».

Con su paso peculiar se marchó en cuanto le devolvieron a su perrita todavía semianestesiada. Iba feliz, como si nada triste le hubiera ocurrido jamás, y debe haber vuelto tras sus pasos, por el mismo sendero de los improperios. Así estamos sociedad adentro, pensaba yo, sumergidos en una lucha entre la bondad y la maldad siempre tan torpe, más dolorosa si proviene de seres que están comenzando a vivir.

Y todos, mujeres y hombres de buena voluntad, deberíamos estar alertas, pues nunca sabremos en qué instante nos tocará inclinar la balanza en pos del bien. Como no seremos felices si los demás tampoco lo son, esto de las actitudes en los escenarios abiertos, «en la calle», no es tema simple, sino una angustia urgente, una dimensión donde cada uno de nosotros se juega su suerte, su felicidad y hasta la vida. Entonces cerremos fila: por las Marianas, que es decir por cada uno de nosotros.

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