Aquí está el circo

Autor:

Lázaro Fariñas

¡Aquí está el circo! Con esa frase, gritada a toda voz por el maestro de ceremonia, comenzaba la función del circo que nos visitaba en aquel pequeño pueblo de la antigua provincia de Las Villas.

Mucho antes, durante el día, habían desfilado por la calle principal, en caravana, las jaulas de los animales que iban a participar por la noche en los diferentes actos que tenían preparados de antemano. Los pobres animales, más que miedo, lo que daban era lástima: un león medio desdentado, un par de tigres que poco veían y algún que otro mono que lo menos que quería era hacer monerías, y por supuesto, dos o tres elefantes que apenas podían caminar.

También horas antes de ese lastimoso desfile, los llamados tarugos, mandarria en mano, encajaban en la tierra las estacas de hierro donde se amarraban las sogas con las cuales se sostenía la carpa de lona a sus palos principales, dependiendo de la categoría del circo. Así es que, antes de que el maestro de ceremonia hiciera su declamación al público asistente, ocurría todo un proceso preparatorio que era parte de la alegría que ocasionaba la llegada de tan magno espectáculo al pueblo.

Esos circos hacían, más o menos, el mismo recorrido todos los años y en temporadas específicas. Se sucedían unos a otros y mantenían una relación de concordia y respeto con el público. Recuerdo que, por lo menos en mi pueblo, esperábamos con ansiedad la llegada de ellos, la cual era anunciada siempre con varias semanas de antelación.

Desde que llegué a Miami, a principio de los 60, me llamó la atención que aquí el circo no tenía temporadas, que aquí era de función continua y que, además, no había un proceso preparatorio para la función, ya que esta operaba en cadena. Los animales en caravana, los tarugos dando mandarriazos y el espectáculo principal, todo ocurría al mismo tiempo, todo en presente.

Los circos que iban a los pueblos de Cuba eran de animales, domadores y payasos, tenían variedad de nombres y de espectáculos: el Circo Montalvo, Gabi, Fofó y Milique, Razores. En el de aquí no hay ni carpas ni tarugos, solo payasos y una que otra fiera que, al pasar el tiempo, ya están medio destartaladas y descoloridas.

Hay que reconocer que los payasos no son unos payasos cualquiera, son de primera categoría, que lo mismo se comen un sombrero mexicano, que aplastan discos con aplanadoras, dan conferencias de prensa encapuchados, inventan ataques marítimos en las bañaderas, anuncian que tienen cohetes en el patio de sus casas, le declaran la guerra a cualquier país desde un programa de radio, van al medio del mar a hacer actos de pirotecnia, o hacen huelgas de hambre de mentiritas, etc.

Además de ser de función continua, es increíblemente longevo, ya que tiene más de medio siglo funcionando. No creo que exista alguno en el mundo que haya durado tantos años en funcionamiento. No sé si a alguien se le haya ocurrido la idea de inscribirlo en los Récords Guinnes; pero si todavía no lo han hecho, les recomiendo que lo hagan, pues de seguro será aceptado. Aunque los dueños y gerentes provienen de Washington, la compañía está compuesta exclusivamente por cubanos que aquí residen, y algún que otro invitado.

Pero no se deben confundir con la inmensa mayoría de la comunidad cubana residente en Estados Unidos, que vive y trabaja honradamente, y que han llegado, emigrados, en busca de mejores oportunidades económicas. En realidad aquella es una pequeña minoría de cubanos que, durante más de medio siglo, ha vivido del cuento, la mentira y la propaganda, sin importarles un comino el ridículo que hacen.

En las últimas semanas, el circo ha estado presentando uno de sus actos más repetidos: el de los payasos que por cualquier pretexto se acuestan en un catre en una de las calles de la ciudad, y se declaran en huelga de hambre. Allí le ponen cara de carnero degollado al poco público asistente, y hacen declaraciones «patrióticas» a los periodistas que acuden para darles propaganda. Lo simpático es que ninguno les cuestiona la razón para volver a repetir la misma actuación. Muy al contrario, los periodistas hacen un acto de magia y también se transforman en payasos y actúan como tales.

Es la misma obra, con el mismo libreto, pero con diferentes actores. Aburrido, ¿verdad?

*Periodista cubano radicado en Miami

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