La demencia de un Ejército

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Era de extrañar que no cumplieran sus amenazas, cuando sus manos, dos años y medio después de las protestas que resultaron en la dimisión de Hosni Mubarak, aún están manchadas de la sangre de quienes fueron entonces perseguidos, torturados y asesinados por querer zafarse de la dictadura.

Después de varios días advirtiendo que arrasarían con las acampadas islamistas, el ejército y las fuerzas de seguridad egipcias se lanzaron con todo contra los seguidores del presidente Mohamed Mursi, depuesto por un golpe de Estado el pasado 3 de julio. Seis semanas después de la asonada, la nación norteafricana vino hundiéndose con mayor intensidad en una polarización política sin precedentes: por una parte, las fuerzas de la Hermandad Musulmana, que se niegan a la anulación política que le quiere imponer el Gobierno de facto entronizado por los militares; por el otro lado, los generales, los mubarakistas, y lo que es más triste, hasta la izquierda y quienes se dicen nasseristas, que se han dejado utilizar por sectores empotrados en las palancas de poder de la nación egipcia.

Para quienes, intencionalmente o confundidos, se negaban a aceptar que lo ocurrido en Egipto el 3 de julio fue un golpe de Estado militar, ahí están los hechos clásicos que develan la naturaleza y esencia de una asonada de este tipo: las matanzas (la de este miércoles no fue la primera, pero sí la más cruenta, con 525 muertos, hasta el momento y según cifras oficiales, entre ellos 43 policías, y más de tres mil heridos), además de las persecuciones, el estado de excepción y la anulación de todas las libertades civiles. Este jueves, el Gobierno interino autorizó a la policía y las fuerzas de seguridad el uso de fuego real contra los manifestantes. El golpe se desenmascaró.

Impensable que el ejército pudiera reestablecer la democracia, como dijo el secretario de Estado norteamericano John F. Kerry. No lo hizo cuando cayó Mubarak, al usurpar el poder ejecutivo y aferrarse a la política para mantener sus prebendas. Tampoco tenía por qué hacerlo después de derrocar a Mursi. Su estrategia ha sido barrer con los islamistas, y si hacemos una lectura más profunda, acabar de paso con el espíritu de quienes buscan la verdadera democracia, el verdadero cambio. El mensaje, claro para todos: aquí sigue mandando el Ejército. Al estilo de la peor autocracia.

Y quien lo dude que le pregunte a Mohamed El Baradei, un perdedor de las pasadas elecciones, de las cuales se retiró arguyendo que la nación seguía gobernada por los militares, y después del golpe, como buen oportunista a la pesca en río revuelto, llegó al cargo de vicepresidente —no lo coronaron como primer ministro porque encontró oposición. Sin embargo, ahora renuncia a ese cargo y para justificarse ha dicho: «Ha llegado a ser difícil para mí continuar al frente de la responsabilidad de tomar decisiones con las que no estoy de acuerdo y de las que temo sus consecuencias». Así, uno de los hombres prooccidentales del gabinete asumía que detrás de los titulares marionetas del ejecutivo, están los hilos castrenses.

El ejército tomó el camino que mejor conocía: martirizar a los islamistas, lo cual siempre ha significado un peligro por las consecuencias que puede acarrear.

Hoy, la Hermandad Musulmana, después de haber conquistado el poder en elecciones democráticas, no está dispuesta a retirarse a la clandestinidad, a abandonar la participación política que durante tantos años le negaron. Por tanto, Egipto está a las puertas de una confrontación, que puede resultar mucho más sangrienta. La matanza de este miércoles es solo un anuncio de lo que puede sobrevenir en los próximos días.

Ese es también el costo de la «mano blanda» de Estados Unidos, que por asegurar la continuidad de una alianza geoestratégica, se negó a condenar los acontecimientos del 3 de julio; por el contrario, los justificó en su afán de no tolerar la existencia de Gobiernos islámicos aunque resulten elegidos democráticamente, aprovechándose, como hizo el ejército, de las manifestaciones contra Mursi.

¿Seguirá Washington cerrando los ojos por no quitarle a El Cairo los 1 550 millones de dólares que le concede anualmente? ¿Entenderán las fuerzas políticas que apoyaron el golpe contra Mursi que las Fuerzas Armadas no pueden encauzar el país hacia la democracia, porque eso implicaría despojar al Ejército de su poder?

Hoy los perseguidos y asesinados son los islamistas. ¿Pero quiénes serán el blanco mañana? ¿Quiénes lo fueron ayer?

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