Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ni con otra vida

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

En «otra vida», mi madre debió haber sido entrenada por el mismísimo Toshirô Mifune o el no menos mítico Shintaro Katsu. Es la única manera de explicarme —porque jamás viajó hasta Japón— cómo ella consiguió desarrollar esas habilidades exclusivas de poderosos samuráis como Musashi Miyamoto o Zatoichi, para con una guámpora o un machete lograr un efecto idéntico al de estos supersónicos del movimiento con sus filosas katanas.

Me encantaba observar a mi Juana, en aquellos años de infancia, cómo levantaba con agilidad tremenda la vieja mocha que había sido testigo de su probada destreza en la zafra azucarera, y luego la dejaba caer cual diestro ninja para dividir, en un santiamén y en mil pedazos, la posta de pollo que llegaba a la carnicería (todavía, para tristeza del plato, mi madre tiene ese poder).

Creo que fue así como me entrené para entrampar con el primer o el segundo molar un trocito de carne, y no dejarlo escapar mientras soltara, obligado por la presión de las muelas, esa peculiar «sustancia» ricamente sazonada que Juana le ponía, gracias a lo cual era capaz de «engañar» al paladar y hacerme engullir unas cuantas cucharadas de arroz.

Bueno, eran tiempos difíciles en que a esa mujer dulce pero inderrotable que me tocó por progenitora, no le quedó más remedio que enseñarnos a compartir lo mucho o poco que tuviéramos; y lo más importante: a sentirnos, como cantaba el añejo bolerón, henchidos de placer, a pesar de las carencias.

Todo se repartía por igual en la mínima casita tunera de la calle Menocal, que se sostenía por estática milagrosa; la casita de madera vencida pintada de cal, y cuyos listones jamás acoplaron como las fichas de un rompecabezas, sino que permitían la libre entrada de una luz abundante que hería las retinas desde temprano en las mañanas.

Todavía no sé de qué modo se las arreglaba para estirar más allá de lo que daban sus fibras aquella tela elastizada, con la que nos confeccionaba, a mi hermano y a mí, pantalones de campanas «sórdidas», como las clasificara Silvio Rodríguez en su Epistolario del subdesarrollo, y hasta le daba para una que otra trusita o calzoncillos de «fuego», por lo calurosos que eran.

Por suerte en ese entonces no existía ese síndrome que enferma a no pocos padres de hoy, que se diagnostica cuando sus vástagos están convencidos de que se lo merecen todo, solo por el «simple» hecho de ser sangre de su sangre.

Con Juana era distinto: nos entregaba la vida, mas uno tenía que ser el mejor hijo posible, lo que equivalía a alcanzar resultados académicos que la hicieran sentirse orgullosa, a no olvidar el respeto y la amabilidad, a tocar con los ojos y mirar con las manos cuando se iba de visita; a decir a cada paso: «por favor», «permiso», «¿se puede?», «¿la ayudo?», «gracias»...

Fue así, y a base de amores mutuos, que nos la ganamos para siempre. Y cuando digo para siempre, es para siempre, incluso ahora, a esta edad en que se supone que a los hijos nos toca retribuir —si eso alguna vez fuera posible, y hablo también, fundamentalmente, en el sentido económico— todo lo que ha provocado el principal desgaste de nuestros padres: sostenernos hasta que dejan de respirar.

Porque cuando se era un adolescente o un joven, uno pensaba que todavía les tocaba. Quizá por esa razón no me sorprendía tanto que mientras yo estudiaba en la fría Bulgaria, ella viajara en lo que fuera (¡que no se le pusiera un carretón por delante!), lo mismo a Bayamo que a Camagüey, con tal de que recibiera su calor y el de Cuba en forma de latas de leche condensada, barras de guayaba o de maní, plátanos, frijoles negros..., justo allá donde reconocí por vez primera el significado de la palabra «abundancia».

Y a mí me tranquilizaba la esperanza de que cuando me graduara, y me hiciera «persona», la convertiría en mi reina: no le faltaría nada, estaría atento al más pequeño de sus caprichos, la llevaría a pasear adonde quisiera... Sueños que  no acaban de cuajar con este tiempo que marcha tan deprisa.

Miro ahora a mi alrededor y todo pasó por sus manos: la mesa, las sillas, la cama, el radio, el televisor..., y entonces me pregunto: ¿de qué está hecha esa madre mía que, pasado el período de dejarnos andar solos, vigila y recompone cada tambaleante paso que aún doy? ¿Hasta dónde y hasta cuándo, madre querida? Ay, si al menos estas líneas bastaran para expresarle mi eterna gratitud.

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