La tentación sugerente - Opinión

La tentación sugerente

Autor:

Luis Sexto

Mi relación con Graziella Pogolotti ha fluido a través de los poros solidarios del papel: la he leído. Y en los últimos meses he publicado algún domingo honrándome como vecina en la página de opinión de JR. Hace poco me ubiqué más cercanamente: leí su libro Dinosauria soy.

Los títulos literarios, incluso periodísticos, no son una norma estatuida por una tradición reciente. Ni un adorno puesto sin rigor, en plenitud de anarquía o descuido. Los títulos tienen, sobre todo, una función: provocar o convocar a los lectores sin que, como recomendaba el italiano Umberto Eco, el escritor les ofrezca demasiadas pistas, de modo que el título sea la tentación del misterio, de la sugerencia, la intriga.

Y Dinosauria soy es un título que ha tentado a muchos. La reconocida ensayista, figura habitual en el quehacer de nuestra cultura, ha empleado un término usado entre nosotros con cierta intención negativa. Llamar a alguien dinosaurio es como decirle: eres viejo, atrasado, reticente… El nombre de una especie animal extinta sirve para invalidar a muchas personas, específicamente en nuestros debates.

Graziella Pogolotti, pues, recurre al término dinosauria para inquietarnos, para pincharnos el interés. Claro, debajo de confesión tan provocativa —Dinosauria soy— una especie de subtítulo nos revela la intención y el contenido de título tan original: Memorias, dice también la cubierta de este libro. Y uno no perdió tiempo: lo tomó del estante, lo pagó, por supuesto, y comenzó la lectura, la lectura de unas memorias donde la autora confiesa que ha vivido mucho, y por lo tanto esa es la mejor recomendación para Dinosauria soy. Para escribir hay, necesariamente, que haber vivido.

Estas, pues, componen como la suma evocadora de una intelectual que ha vivido mucho, con un apellido reconocido en la historia de la cultura cubana, y por lo tanto sus recuerdos se desbordan de gente, hechos y lugares que el lector de hoy ignora.

Nacida en 1932, en París, su padre fue un destacado pintor de las vanguardias artísticas de las décadas iniciales del siglo XX. Pintor que perdió en fecha muy temprana la vista, y luego, en una admirable lucha contra la adversidad, derivó hacia la literatura. Escribió, entre otros, un libro de memorias también lleno de información y también escrito con pasión y acierto. Ese libro de Marcelo Pogolotti se titula Del barro y de las voces, y que yo recuerde ha tenido dos o tres ediciones en Cuba.

Su hija, con crédito independiente —es decir, sin necesidad de su apellido— como ensayista, experta en artes plásticas, en literatura, y con la hondura como raíz en que sus ideas se sumergen, ha escrito con Dinosauria soy un libro de memorias encantador, aunque el calificativo huela a lugar común.

Pero, en efecto, encanta, entre otras razones, porque no es un texto minucioso, cansón. Estas memorias se caracterizan por la síntesis propia de sabios. Es decir, la doctora Pogolotti, aún nuestra contemporánea, que ha vivido acontecimientos que muchos de sus compatriotas y posibles lectores han vivido o conocido por referencia inmediata, prefiere sintetizar, mencionar sugerentemente lo sabido, sin cansarnos. Y se explaya en aquello que resulta más distante, menos conocido. Enjuicia incluso lo más reciente y así este libro no concluirá con nuestra época. Servirá para mañana. Como sirve para redescubrirle a la doctora Pogolotti una prosa narrativa, envuelta en una clara neblina poética, que se sobrepone a sus bien compuestos textos teóricos, obligados más a lo denotativo, a lo conceptual que al tropo, a la armonía de la construcción, la pincelada conmovedora.

Advirtamos, con Mauriac, que las memorias no son la autobiografía del que las cuenta. En la autobiografía, suele estar en primer plano el autobiografiado, pero en las memorias, el que evoca el pasado habla sobre todo de quienes lo rodearon o influyeron en su peripecia vital. Por tanto, y contrariamente a lo que piense alguna mentalidad de embudo al revés, para escribir memorias se necesita el ejercicio de dos virtudes: la justicia y la modestia. Y ambas se muestran aun desde el título literariamente retador con que la doctora Pogolotti se disminuye y engrandece ante nuestra lectura conmovida y entusiasta.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.