Un gran coro llora a Cory

Autor:

Frank Padrón

Cuando la TV cubana pasa exitosamente la cuarta temporada de Glee (El coro), uno de sus actores protagónicos, Cory Montheit (Finn Hudson), de 31 años, fue encontrado muerto. Ocurrió hace unos días en su habitación del hotel canadiense Vancouver, donde pasaba unas vacaciones, lo cual ha cubierto de luto no solo a familiares y amigos, sino a miles de fans suyos y de la serie en el mundo entero.

La autopsia, realizada poco después, reveló una sobredosis (mezcla de heroína y alcohol), teniendo en cuenta que el joven era un adicto desde los 13 años, si bien desde los 19 asistía a tratamientos de rehabilitación, uno de los cuales había recién finalizado.

Cory estaba a punto de casarse con Lea Michele, colega suya e incluso pareja en El coro (Rachel Berry), donde iniciaron una relación desde los rodajes de la primera temporada (2009).

Ya Montheit conocía una breve pero intensa carrera que, aunque no siempre en grandes papeles, lo había llevado al cine (Destino final 3, Sister and brothers, Stargate SG-1, Monte Carlo…), sin embargo, fue en Glee donde conquistó fama internacional, interpretando a uno de esos jóvenes de un preuniversitario en Ohio que, exitoso en el fútbol, prueba en el canto y la batería, trasunto de dones que poseía en la vida real.

Por su desempeño en Glee, Cory obtuvo el premio Teen Choice al mejor comediante en 2011. Aunque no me parecía un actor brillante —mucho mejores son algunos de sus compañeros en la serie—, Montheit era un aceptable cantante y mejor percusionista, pero sobre todo poseía un indudable carisma que le permitió asumir notablemente su rol de joven tímido y a la vez desenvuelto y dispuesto a asumir desafíos, con lo cual llevaba a la ficción una voluntad que le caracterizó en la vida, pues testimoniantes cercanos dan fe de su lucha tenaz por abandonar el flagelo que lo castigaba.

Incluso había declarado: «No quiero que los niños y jóvenes piensen que está bien abandonar la escuela y drogarse como hice yo, para luego ser actores famosos».

Apreciada por el público y la crítica internacionales, El coro —con varios premios importantes como los Golden Globes o Emma—, es en realidad uno de los mejores musicales realizados en Estados Unidos con destino a la TV.

Su perspectiva dramática también coral (un grupo de estudiantes impopulares que deciden formar la agrupación vocal-danzaria New directions, regidos por un profesor de Español) se desarrolla con un eficaz entramado de conflictos individuales y colectivos.

Sobresale la perfecta imbricación entre lo hablado y lo musical, en este último, decisivo aspecto, reverenciando lo más significativo de la canción norteamericana, como se sabe, una de las mejores del mundo.

El pop, el rock, el rhythm and blues, la balada, el country y otros géneros y ritmos imprescindibles que han influenciado en los rumbos de la música en el mundo entero, muchos de ellos éxitos de Broadway y de comedias musicales famosas, aparecen en la serie desde sus capítulos iniciales, mediante arreglos novedosos ejecutados por virtuosos, y que interpretan los cantantes-actores (algunos realmente excelentes, como la propia Michele, novia de Cory).

De Fleetwood Mac a Barbra Streisand, pasando por Madonna y Olivia Newton John; de Stevie Nick a The Journey o Queen, incluyendo títulos famosos como The Rocky horror show, Grease, Wonderfull town o Chicago, la serie ha mostrado a las nuevas generaciones —y hecho recordar a los mayores— grandes momentos de la canción y el musical norteamericanos, lo cual es per se un mérito indiscutible.

El prestigio de la serie ha logrado que reconocidos nombres del espectáculo y el cine hayan participado en algunos de sus capítulos, como la propia Newton John, o Sarah Jessica Parker y Whoopy Goldberg —en esta cuarta temporada, que a propósito, privilegia el tema de la (in)fidelidad en parejas distanciadas por el cambio geográfico.

Otro de sus indudables valores es la apuesta que hace su relato por minorías discriminadas, de ahí la presencia del talento latino, negro y la diversidad sexual, sin descontar la presencia protagónica de un discapacitado, que baila y canta desde su silla de ruedas, mientras se burla de políticas excluyentes personificadas por la villana, de orientación republicana, Sue Sylvester (la extraordinaria Jane Lynch).

La combinación acertada de dramatismo y un sano sentido del humor, nos hacen perdonarle algunos momentos un tanto dulzones en exceso, o ciertos enlaces forzados entre temas musicales y situaciones de la trama.

Los capítulos iniciales para la quinta temporada de El coro, que ya estaban listos para estrenarse en septiembre, están siendo reescritos, y será toda una sorpresa ver el giro que darán los autores a una historia que prescinda del importante Finn Hudson; claro que los escritores de series tiene que vérselas con frecuencia con estas coyunturas, no solo por muertes, sino por otros trabajos de sus actores, o problemas de los mismos con la compañía, como ocurrió con Charlie Sheen en otra muy popular: Dos hombres y medio, expulsado por «conducta impropia».

Por lo pronto, ya está lista El coro, la película, que sin dudas será otro contundente éxito.

Nosotros por acá, mientras disfrutamos por el Canal Educativo (la señal musical de nuestra TV) la cuarta temporada, con la nostalgia por Cory al saber que pronto lo dejaremos de ver, sabemos a la vez de que es una triste lección (pero lección al fin) para todos los adolescente y jóvenes, al ver cómo un futuro promisorio se arruina con el engañoso monstruo del alcohol y la droga.

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