El Jaime Sarusky que conocí - Opinión

El Jaime Sarusky que conocí

Autor:

Mayra García Cardentey

No lo pude evitar, sentí la muerte de Jaime Sarusky, premio nacional de Literatura 2004. No puedo decir en estas horas que le conocí profundamente, que compartimos esencias y presencias en la grey literaria —obviamente mi edad y poca experiencia no me permitieron tal suerte.

Pero lo escudriñé por horas, lo tuve por minutos intensos de conversación y, para  mí satisfación, más de una vez. Y es que haber dialogado con Sarusky desvirtúa toda previsión posible. En mis pocos años de profesión ha sido una de las mejores aventuras literarias y me atrevería a decir que será una de las más provechosas en toda mi vida como periodista.

En la primera ocasión mi psiquis iba preparada para enfrentar a «Jaime Sarusky», o al menos al que me había imaginado en referencias, opiniones personales y citas de entrevistas, y con el pavor de que me exigiera comentarios sobre sus libros, cuando apenas había leído dos: La búsqueda y Un hombre providencial, y engullía golosamente el libro de crónicas El tiempo de los desconocidos.

Quizá me veía como Anselmo, el flautista, personaje de La búsqueda, que se preguntaba: «¿Qué hacer, adónde ir?». A mí no me quedaban muchas alternativas, bajo pleno aguacero en 21 y 24,  aquel 2011.

Allí conocí que en busca de su unicornio anduvo toda la vida. Creyó haberlo encontrado. Con una mezcla de loco, cuerdo, realista y mucho de perfeccionista, se aventuró a perseguir el sueño. Dejó todo, renunció a una vida holgada y fue a París a pasar miseria. Quería ser escritor.

Dijo entonces en su novela Rebelión en la octava casa: «No basta con querer las cosas para lograrlas». Jaime Sarusky no se dedicó entonces a soñar, persiguió el imposible, envalijó aspiraciones y se hizo su propio destino.

«Lo fundamental, y no me canso de decirlo, es que del mismo modo que es una maravilla hacer lo que a uno le gusta, lo que uno quiere, es un infierno hacer algo que a uno no le gusta», me dijo entonces.

«Lo más importante es la vocación, es una especie de anhelo personal: “necesito decir esto”. Incluso se convierte en una disciplina si te pones a escribir todos los días, ya después no puedes dejarlo de hacer, forma parte de ti, de tu naturaleza».

Aunque estudió en La Sorbona en París, con grandes íconos de la literatura europea, me explicó que «ninguna universidad enseña a escribir. No le dicen a uno: “a ver, usted para escribir una novela tiene que…”. ¡No, no, no! Bastante que hay que leer y, sobre todo, pensar y reflexionar alrededor de lo que se está leyendo, y eso no se lo van a enseñar, tiene que aprenderlo usted».

En otra oportunidad fueron muy valiosas impresiones suyas sobre la llevada y traída dicotomía entre Periodismo y Literatura. Me confesó que «en un momento dado de la vida de un escritor, la Literatura y el Periodismo pueden ser contradictorios, pero siempre, por una razón u otra, se complementan. Los grandes escritores hicieron también excelentes artículos para la prensa».

En nuestros encuentros no se cansó de recalcarlo nunca: comenzó su vida como aquel personaje de La búsqueda, que quería buscar qué buscaba. Nunca fue menos. «Mientras esté vivo, tenga energías, y lucidez sobre todo, voy a estar buscando. No estoy seguro si cuando ya me asalten los estertores todavía tenga la inquietud de algo que hubiera querido decir, de algo que hubiera querido hacer, pero si congelamos el tiempo y llegamos hasta hoy, no estoy molesto conmigo mismo por lo que he hecho, al contrario, pero sé que mientras me quede un hálito voy a intentar decir unas cuantas cosas que pienso todavía». De seguro así fue.

Pero en estos minutos, a tan solo un día de su deceso, lo sigo reconociendo: sentí la muerte de Sarusky. No puedo decir a estas horas que lo conocí profundamente, que compartimos esencias y presencias en la grey literaria. Pero con el Sarusky que conocí, me basta.

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