La Historia y las muelas - Opinión

La Historia y las muelas

Autor:

Enrique Milanés León

Mi sobrina Chanel no deja de sorprenderme. Acabo de visitarla y su cariño me demostró otra vez que vale la pena sufrir la maldad de algunos si el pago es seguir vivo para disfrutar de seres de su talla.

Chanel me encargó tareas de padre: una tarde me pidió que al otro día la esperara a su salida de clases para mostrarme su escuela. Estuve puntual en nuestra cita y al verla tomé su mano, orgulloso, como si condujera a la hija hembra que debió complementar a mi Daniel.

Otra vez, me pidió que le forrara un libro de texto que quería entregar impecablemente vestido para que el niño al que le tocara el próximo curso «la pasara muy bien».

Después tuvo fiebre y fui con ella al policlínico. El médico indicó un leucograma, pero hacerlo no fue tan sencillo como escribirlo en el papel: casi tenemos que llamar a las tropas especiales para que aquel técnico anciano y circunspecto pudiera perforar el pulgar de Chanel con aguja de mosquito. Cuando la vi en semejante pánico la sentí más sobrina mía que nunca. ¡Qué orgulloso estuve esa tarde!

Chanel me repite que me quiere y antes de irme siempre le escucho la misma pregunta:

—¿Cuándo vuelves?

Eso es ya un contrato inviolable. Hay que volver, aunque sea solo para verla. Vale la pena llegar a la imprecisa edad de los tíos para recibir regalos semejantes.

A veces no sé si a sus 11 años ella es más cándida que ocurrente. Para su prueba final de Historia de Cuba me pidió que la ayudase a estudiar. Lo hice. Intentaba comentarle las notas del libro de texto. Le decía, sobre la tan llevada y traída República Neocolonial, que tratados como el de Reciprocidad Comercial ataron más a esta islita a los yanquis y la empobrecieron, entre otras desgracias, con la monoproducción azucarera.

—Es verdad, tío —concordó Chanel en pose de Doctora del programa Escriba y lea. Con azúcar nada más, seguro que todos los cubanos de esa época tenían caries.

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