La jihad, amiga, enemiga o qué

Autor:

Juana Carrasco Martín

Un juez español ha decretado prisión provisional para «Pistu», el sobrenombre de Yassin Ahmed Laarbi, detenido en el enclave de Ceuta por su «pertenencia a organización terrorista» y ser el jefe de «una red activa de radicalización, captación y envío de mujahidines y mártires hacia grupos terroristas y operativos en Siria», siguiendo las orientaciones de la organización terrorista Al Qaeda, según informó el Ministerio del Interior del país ibérico.

La detención de «Pistu», o Yassin Ahmed Laarbi, viene a confirmar lo publicado por Jane’s, una renombrada revista semanal sobre defensa, seguridad e inteligencia, cuyos análisis e informaciones son muy tomados en cuenta en el mundo militar.

Jane’s afirmó que las fuerzas que integran las bandas armadas de la oposición que tratan de derrocar al presidente sirio Bashar al-Assad, superan los 100 000 efectivos, nucleados en unas mil facciones diferentes, y concretamente el grupo terrorista Al Qaeda comanda directamente a unos 10 000 combatientes, entre ellos los de la organización Jabhat al-Nusra.

Otros 30 000 a 35 000 son jihadistas, soldados pro Al Qaeda, aunque no bajo su mando explícito, islamistas de línea dura que también pueden proceder de todas partes del mundo, y añade Jane’s que otros 30 000 efectivos de esa banda representan a facciones islamistas más moderadas.

Si el artículo de Jane’s es revelador de una intervención externa en el conflicto sirio, también aporta en ese sentido otro reporte de la Asyrian International News (AINA), la que afirmó que Arabia Saudita ha enviado 1 239 condenados a muerte de sus cárceles a que se incorporen a las filas de la oposición armada en Siria.

AINA cita un memorando filtrado del Ministerio del Interior en el cual se les da completo perdón y se les otorgan estipendios a las familias de esos criminales, pero agrega que el programa cesó porque Rusia amenazó con llevar el asunto a Naciones Unidas.

El hecho de que el tema del empleo de las armas químicas ha acaparado toda la atención de los medios, porque con ello se busca justificar una intervención militar de Estados Unidos y otros países de la OTAN en el conflicto sirio para asegurarse el derrocamiento de Bashar al-Assad, puede verse también como una de las estrategias de manipulación que Noam Chomsky, el destacado activista de izquierda estadounidense, filólogo y analista político, apunta de un decálogo de los servicios secretos de su país: la estrategia de la distracción.

En este caso, consistiría en desviar la atención pública de los avances que el Ejército Árabe Sirio ha tenido frente a las bandas de la oposición y de los crímenes que estas han cometido y cometen en una guerra que ya dura más de 30 meses.

Entre estos últimos podrían citarse los ataques étnicos de los jihadistas contra lo kurdos y otras minorías religiosas, como las tres aldeas alawitas en la provincia de Homs —Massudiyeh, Maksar al-Hissan y Jab al-Jerah—, atacadas por Al-Nusra hace unos pocos días y donde mataron a decenas de sus habitantes, sin que nadie lo considerara un crimen de lesa humanidad y apenas tuvieron alguna línea en los reportes de los medios occidentales.

Volviendo al análisis de Jane’s, su autor, Charles Lister, apunta que esa amplia participación de extremistas islamistas en las fuerzas opositoras causa temor en Occidente sobre lo que pueda suceder en Siria, tras una remoción de Al-Assad.

Esto huele a que quieren pescado pero le tienen miedo a los ojos; sin embargo, Estados Unidos, Francia y Reino Unido continúan las presiones para lograr en el Consejo de Seguridad una resolución que ampare, mediante el Capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas, sus planes bélicos contra Damasco.

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