Rosa, la bayamesa: aquella flor guerrera

Autor:

Mailenys Oliva Ferrales

No la conocí personalmente. Es imposible. Pero la descubrí sin proponérmelo en cada retazo de historia de este terruño suyo, que es también un poco mío.

Justo aquí, en las afueras de Bayamo, sin saberse aún la fecha exacta, nació un día de 1834 en uno de los barracones para esclavos aquella niña negra, envuelta en la mezcla del olor a caña con sangre y ansias de libertad.

Tras una infancia sin bondades se forjó el espíritu de quien tuvo como único juego infantil el trabajo en los cañaverales bajo el sol inclemente y la amenaza de un látigo sobre sus carnes.

Cuentan en los libros quienes la conocieron, que era de andar suave pero de temperamento fuerte. Sin más adornos que una flor silvestre recogida en la manigua, un rifle y su propia escuálida figura.

Así de sencilla era aquella esclava que no pactó su independencia en una carta de liberación, sino en los campos insurrectos junto a los primeros patriotas de la Isla.

Así de humilde era aquella negra sin estudios que aprendió gracias a su intuición y al roce con las plantas las nociones elementales para aliviar dolores, salvar vidas y ayudar a otras a llegar al mundo.

Y así de grande era aquella bayamesa que no tuvo mayor aspiración material que la de ver a su patria y hermanos libres, sin pretender siquiera ser gratificada con un caballo mejor al pequeño y cansado suyo, porque «¡los caballos grandes eran para los que estaban al frente en la batalla!».

Siempre en la manigua, el rigor del tiempo, las penurias y las carencias intentaron mellar su espíritu rebelde, pero ni siquiera los infortunios de la nación menguaron sus convicciones. Incluso, entrada en la sexta década de su vida se enroló haciendo caso omiso a los achaques del cuerpo en un nuevo proyecto revolucionario: la Guerra de 1895.

Dicen que su presencia en los campos era prácticamente indispensable, pues de sus manos no solo salían cocimientos y bálsamos curativos, sino, además, comidas en abundancia con un profundo sabor criollo que mitigaban el cansancio.

Supe también que su corazón solo lo entregó a la causa insurrecta y a un negro esclavo, que la acompañó siempre, aun en esa empresa, la más cuerda de sus «locuras».

Ese mismo corazón inmenso, tan lleno de pesares por los sueños truncados, no resistió la opresión de otro régimen y, a inicios de la República, un 25 de septiembre de 1907, dejó de latir en su pecho para comenzar a palpitar en la conciencia de otras mujeres que siguieron su ejemplo.

En vida siempre fue pobre, pero su figura se alza hace ya una década, tallada en bronce, en esta su ciudad natal. Aquí se mantiene descubierta al sol e imperturbable ante el sereno o la lluvia, tal y como fuera hasta el último suspiro.

Con nombre de flor se escribió su bondad: Rosa, y, cual ironía del destino, se apellidaba en español, Castellanos Castellanos, pero la historia quiso que sea recordada, siempre, como Rosa, la bayamesa.

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