El olor del melao

Autor:

Luis Sexto

Lardo Ruiz Zerquera no se ha quitado el sombrero desde cuando lo pidió prestado para salir en la foto que retendrá, entre papeles pasados de época, su primer día de trabajo como aprendiz en el taller de maquinaria agrícola del central Trinidad. Si no me lo pongo, no pareceré un trabajador, dijo, y sonrió cerca de la rueda metálica de un tractor. Tenía unos diez años.

El sombrero posiblemente no se lo puso más. Pero lo lleva calado en la memoria como un símbolo comprometido de su vocación azucarera. Y tal como esa foto retuvo el primer y prematuro día de trabajo, estas letras quieren conservar, aunque a medias, las jornadas de Lardo entre dos pitazos definitivos pero circunstanciales: el comienzo y el fin de la zafra. Y pretenden conservar también la tensión que lo acompañó en cada ingenio adonde, tras el triunfo de la Revolución, llegó con la encomienda de restablecer la disciplina tecnológica o evitar que el dinero del país volara en el humo o se escapara por la zanja del mosto.

Lardo siguió una norma: trabajar en un ingenio no consiste en embriagarse con el olor del melao, o deambular en un yipi o arroparse en el aire acondicionado de una oficina ignorando qué cantidad de tierra y materias extrañas caen en el basculador con la caña, o qué rendimiento en peso y azúcar se obtiene de esta o aquella variedad…

Nos conocimos hace tres años, y ya lo siento como si hubiéramos sido socios desde cuando este escribidor trabajaba en ingenios. Nunca coincidimos. En un momento se estableció en el Lincoln, Artemisa, después de yo haber estado allí. Mi presencia juvenil discurrió sin nombre y sin gloria. Él llegó, en cambio, enviado por el Gobierno para impedir que el antiguo Andorra siguiera emborrachándose con tanto petróleo. En la zafra inmediata el ingenio atemperó su glotonería ante el rigor y la sabiduría madurada en el estudio, la observación y el querer de Lardo.

Habituado a oírlo, me parece haber captado su filosofía: si una industria necesita de mimo y atención, esa es una fábrica de azúcar. Es noble, tan noble que hasta con un alambre las máquinas siguen funcionando. Pero no dejes al ingenio suelto. Como a un hijo, síguelo y evalúalo hasta con los ojos cerrados.

Ejerció con frecuencia, entre tantas funciones, la jefatura de maquinaria. Pero a Lardo el melao no lo mareaba, sino le infundía quietud, serenidad dentro de fragores y zumbidos, con el alma alerta ante los relojes que medían la normalidad. Uno presiente que, a pesar de su indiferente postura al contar sus recuerdos, todo lo extraña de aquellos días, en particular el olor del melao, porque el olfato quizá sea el más fino de los sentidos. Incluso él se detiene en los momentos cuando el ingenio se apagaba por roturas, e insistía en que el tiempo del arreglo se redujera al mínimo antes de que llegaran los jefes mayores y sus dudas.

Como aquella vez. Un perrito se había caído en el basculador, y despacio, pero inexorablemente, su destino sería igual al de las cañas sobre las cuales viajaba hacia las mazas. Lardo, sensible, y sin miedo, porque la honradez lo blindó desde aprendiz, dijo con su voz apacible: Paren, y saquen al animal. Fueron unos 20 minutos. Pero él aprovechó la parada para revisar una pieza que en los molinos se calentaba. Y quienes pretendían envolver la responsabilidad de Lardo en bagazo, aceptaron que ambos incidentes habían coincidido.

Entre las pérdidas de la industria azucarera están muchos expertos como Lardo, añejados en la vigilia, en el aprendizaje nunca satisfecho de sí mismos. Envejecieron. Y nadie se percató de que el vacío no lo deja la anatomía humana, sino el saber y la experiencia. Un ingenio cualquiera molerá cien mil arrobas en 24 horas. Estos veteranos, sin embargo, necesitaron miles de veces 24 horas para aprender a detectar un problema a simple oreja. Por momentos no es el ingenio el que falla: yerran los hombres.

Ahora cuando, con 87 años, diagnostica los síntomas de un automóvil —él, experto diplomado en tantas fórmulas y autor de tantas soluciones—, hablamos de ingenios y de algunos nombres conocidos. Y nos parece ir detrás de una locomotora que rueda por la Principal hacia sabe Dios qué chucho, advirtiéndonos con el silbato que aunque nos cause pena no la volveremos a ver.

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