Ni Pacos ni Maris - Opinión

Ni Pacos ni Maris

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Lo inverosímil para unos puede ser cotidiano para otros. Debí comprenderlo así al tropezar con algunas «escenas» en la céntrica Avenida Corrientes de la capital argentina.

La primera vez fue en la intersección con Pasteur, donde, según mi Guía T, debía apearme para caminar unas pocas cuadras hasta la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad.

—Dame una Mari, che, le dijo un muchacho a dos que conversaban. No supe de qué se trataba hasta que lo vi encender un cigarrillo. Mi asombro me delató, y la muchacha que me acompañaba me preguntó: «¿Allá no es igual?» y, en menos de un segundo, el ¡claro que no! brotó de mi boca.

En mis años, que casi llegan a los «ta», jamás he visto algo así en mi país, le contesté, mientras me volteaba y confirmaba que, en efecto, lo anterior había sucedido en una céntrica esquina, a la vista de todo el mundo, mientras las personas (incluyendo niños) transitaban alrededor.

Con la chispa encendida ya, mientras caminaba descubrí otras Maris compartidas en otros puntos de la ciudad, hasta en el Parque Centenario, un sitio verde, de paz en medio del bullicio urbano, similar a nuestro parque Almendares.

¿No trajiste alguna Mari, che?, preguntó una muchacha a su amiga, y yo, absorta, veía niños cerca jugando con sus perros, y abuelas sentadas en los bancos y padres conversando.

¿Pueden ellos entender que no deben comprarla cuando está permitido su consumo? Sin dudas, les será difícil crecer lejos de esas Mari, que no por estar amparadas en la legalidad son menos peligrosas. Y lo más triste es que no les parecerá raro comprarlas, pedirlas, «disfrutarlas». No es casual entonces que los especialistas indiquen que la legalización del consumo no reduce los índices de quienes lo hacen, ni sus efectos, por supuesto.

Creía yo que era eso lo más terrible hasta el día en que un «pibe» me pidió unas monedas, y yo preferí darle unos dulces recién comprados que llevaba en la mochila. Los rechazó, y creí que, por ser una desconocida, pues de seguro tendría cierta reserva para tomar lo que cualquiera en la calle le ofreciera.

Comenté el suceso en la casa donde me alojaba, y me aconsejaron no preocuparme. Muchas veces prefieren el dinero y no la comida, para poder tener Pacos, me dijeron. ¿Y qué son esos?, inquirí. ¿¡Pues qué va a ser!? Droga, ellos también la consumen.

Aquel niño tendría diez, 11 años a lo sumo, y no quise creer que fuera cierto. El Paco es barato, es el residuo de la cocaína, me comentaron, y es lo que compran la mayoría de los que viven en las calles.

Ni Pacos ni Maris quiero yo en mi Cuba, pensé. ¿Droga?, ni en sueños.

El Cuerpo de Guardafronteras del Ministerio del Interior enfrenta a diario posibles importaciones de droga desde el mar, e incluso actúa con respecto a recalos accidentales que llegan a nuestras costas. La Aduana General de la República perfecciona cada vez más las técnicas y métodos de detección de este tipo de sustancias para evitar su entrada al país por terminales aéreas y marítimas.

Nuestra sociedad, aunque algo «permisiva» con el consumo de alcohol, por ejemplo, no debería ser tolerante jamás con el de estupefacientes.

¿Viven nuestros padres con el temor constante ante la posibilidad de que sus hijos tengan a su alcance tales amenazas? ¿Crecemos nosotros tan cerca de ellas? Por supuesto que no.

Camino ahora por las calles cubanas y me siento tranquila. Sueño con que nunca un hijo mío tenga que ver, mientras esté parado en una esquina esperando para cruzar, cómo unos jóvenes fuman Maris; y con la certeza de que ninguno de los que juegue con él en el parque o en la calle, le regalará un Paco.

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