No a las autopsias - Opinión

No a las autopsias

Autor:

José Alejandro Rodríguez

«Gobernar no es más

que prever»

José Martí, 1891

La vida nos está demostrando, cada vez más, que en estos tiempos no basta con las buenas intenciones de las medidas que se aprueben para sanear la economía y la sociedad, si estas no están avaladas por diagnósticos cada vez más científicos y objetivos de las realidades, para cerrarles el camino a voluntarismos, improvisaciones y terquedades.

En era de cambios que pueden oxigenar la economía y la sociedad, Cuba necesita librarse para siempre de esa fatal imprevisión que nos conduce, a remolque de la realidad, a descubrir ciertos fenómenos perniciosos muy tarde, cuando ya han proliferado en el tejido público y han desatado ramificaciones.

No podemos pasarnos la vida rectificando y volviendo a rectificar. Buena parte de las tendencias negativas que luego nos asombran y movilizan en su contra, porque contradicen y niegan la noble esencia de nuestra sociedad, germinaron y crecieron ante los ojos de todos. Vox populi y desasosiego colectivo, esas brechas del mal engordan y engordan, hasta que hacen crisis y viene entonces el reconocimiento del fenómeno y el bisturí del enfrentamiento.

Uno siempre se pregunta si no hubieran podido atenderse a tiempo y evitarse esas tumoraciones, con profilaxis inteligentes y realistas, de manera que nos hubieran allanado el camino, ante tantos obstáculos, hacia el avance de nuestro proyecto social.

No lograremos los cambios requeridos sin el contrapeso del observatorio, la sabiduría y los consensos populares, sin la participación activa de la ciudadanía en los procesos de dirección y de control. Porque no podemos pensar que las cosas se logran solo con decretos.

La economía cubana va descentralizándose y se diversifica gradualmente, en formas de propiedad y de gestión, pero asentada en la primacía de la propiedad social. Y ello implica la necesidad de empoderar a los colectivos obreros y a las bases de la sociedad, con fórmulas efectivas y democráticas de fiscalización, que complementen a las administraciones públicas, y a la vez garanticen la preservación de nuestro socialismo ante cualquier acechanza.

El propio estilo democrático que caracterizó la discusión popular de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución —esos que iluminan los cambios y reconsideraciones que requiere nuestra sociedad— hay que perpetuarlo también en su implementación, como garantía del futuro de la nación, para cerrarle el paso a las veleidades tecnocráticas y a las resistencias burocratizantes, los principales estorbos hoy para el socialismo cubano.

La terca realidad nos evidencia que una cosa es el espíritu de tal o más cual medida o compuerta que se abre, y otra es su aplicación e interpretación por los agentes de cambio… o de retranca. Cualquier paso que se dé, no puede soslayar las gravitaciones del entorno y las interrelaciones con el resto de la economía y la sociedad.

Un ejemplo fehaciente de lo que se nos va de las manos, por la imprevisión y la imposibilidad de dar respuestas sistémicas, es el que está relacionado con el auge del trabajo no estatal, tan necesario hoy para el socialismo cubano. No faltaron alertas de que, ante la ausencia de un mercado mayorista para abastecer a ese sector, al final los trabajadores por cuenta propia saturarían con su demanda de insumos el mercado minorista, que se vería desabastecido por el acaparamiento de la filosofía del revendedor y la distorsión del objeto social de ciertas actividades privadas. Al final, es el consumidor quien más sufre estas realidades, con escaseces y altos precios.

Para ser justos, las transformaciones económicas que registra el país se dan en medio de circunstancias muy difíciles, tanto en lo externo (no olvidar el bloqueo norteamericano, la crisis económica internacional y nuestras insuficientes finanzas internacionales) como en medio de no pocos bloqueos internos. Pero los cambios ya son irreversibles. Y aunque incompletos, siempre propenderán al mejoramiento de nuestra sociedad, aunque generen nuevos problemas. Por eso, ahora más que nunca, la fortaleza de prever lo bueno y lo malo, y actuar en consonancia, puede ser el antídoto que nos proteja contra el fracaso.

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