Una foto en la pared

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Prefiero no tener una foto tuya. Si te cuelgo en una pared será porque ya no estás. O porque ese momento tan maravilloso que compartimos juntos se ha vuelto historia. ¿Estarás cerca? Vendrás a casa. No me regales una foto tuya. Si te cuelgo en una pared… será porque ya no estás.

No voy a emprenderla contra ese viejo oficio. Mucho menos hoy, que se ha convertido en arte. Mucho menos hoy, que es registro constante de la realidad de cada cual. No voy a renegar de la fotografía. Tiene su encanto. Pero no me obsequies esa instantánea. Dime la verdad: ¿te vas?

Poco a poco mi cuarto se ha llenado de cuadritos. En cada marco coloco varias imágenes: no tengo tanto espacio. Ni tantos marcos. En algún momento del día me enternezco mirando mis fotografiados. Porque son más que eso: son mis amigos «congelados» para mí en algún momento de sus nuevas vidas.

Que tenga esa toma quiere decir que aún me recuerdan. Y sonrieron para mí en uno de sus nuevos lugares. Eso es reconfortante. Pero esa foto en mi pared también significa que ya no están conmigo. ¿Cómo converso con una foto? ¿Cómo hago que se ría con mis chistes? ¿Cómo le lloro mis agobios?

Todos los días no las miro igual aunque, por supuesto, se vean idénticas. Pero depende del color de mi cristal. Tengo días grises en los que solo pienso en sus nuevos mundos colmados de ausencias. A veces mi mirada es roja y apasionada porque sé que corrieron tras el amor. Entonces trato de entenderlos.

En algún que otro atardecer melancólico recuerdo que no están aquí por cumplir una promesa. Y su imagen se me vuelve blanca y pura. También recuerdo la inocencia de creer más en una llamada telefónica que en una tarde de canciones y amistad. Puede que los justifique comprensivamente.

Pero hay amigos de mis amigos que se me aparecen en las fotos totalmente sin color. Porque sé que reniegan de su tonalidad original. Porque sé que se encandilan con el tono de moda en los anuncios. Porque sé que no recuerdan a sus amigos. Y no logran distinguirse en la fotografía. Porque es imposible retratar a los fantasmas.

De algunos conocidos no tengo foto. Pero otros me cuentan que se han tornado amarillos habituados a no hacer; que idealizaron un paraíso sin necesidad de nada y han terminado convertidos en esclavos de horarios y esfuerzos; que truecan salud por dinero… o sufren las consecuencias de su incapacidad.

Y así se me va construyendo el arcoíris mental de los que no están. Los días me truecan los colores. Suele depender de mis estados de ánimo. Pero pocas veces entiendo. No entiendo las distancias aunque apruebe sus apuestas por otros mañanas. Me gusta que sueñen y se cumpla. Pero a veces quisiera que el destino les hubiese negado el cumplimiento de sus deseos. ¿Quién sabe qué es lo conveniente para cada uno?

No puede valer la pena separarse de alguien querido. No pueden ser opción tantas historias de dolor. No debiera haber cabida para tantas familias padeciendo nostalgias. Demasiadas madres viviendo a través de ondas telefónicas. Demasiados padres sufriendo al estilo de los hombres (por dentro). Son muchos hermanos añorando consejos, abrazos, peleas. No puede valer la pena.

Así que llévate tu foto. Ya te dije que no tengo otros marcos. Ni más espacio en mis pequeñas paredes. Tampoco dedico tiempo a mirar las imágenes una vez que las cuelgo. Llámame un día si quieres. A ver de qué color amaneció mi arcoíris de ausencias. Quizá hablemos porque desperté extrañándote. Puede que recuerde que preferiste convertirte en una foto. Tal vez no sea buena idea esa de irte. ¿No prefieres que te cuelgue en mi vida? Por favor, no te conviertas en una foto.

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