Por primera vez

Autor:

Osviel Castro Medel

Caracas.— Fue en el extenso viaje de retorno desde Delta Amacuro, en el extremo nororiental de Venezuela, cuando reparé en esos detalles que, aunque parezcan nimios, tienen sabores celestiales.

En casi diez horas por carretera me vinieron a la mente trozos de historias contadas por Dunia Carmenaty y Elvis Martínez, dos doctores cubanos que no han pellizcado todavía los «ta», como suelen llamarse a las tres décadas allá en Cuba.

Mientras dejaba a la espalda caños, selvas, zona baja, los rostros indígenas de los waraos y sus casas flotantes sin paredes... iba pensando en esa «primera vez» que un día nos toca enfrentar en esta vida llena de sorpresas o enigmas. Y me transporté a los ojos de ellos cuando tuvieron que hacer el primer parto, la primera inmovilización por una torcedura, la cura de la primera herida por arma de fuego.

Les imaginé las órbitas aumentadas pero sin eclipses, las manos sudorosas pero sin temblores, el corazón apresurado en la carrera pero sin enredarse en los obstáculos.

¡Cómo debió ser esa inicial «extracción», del refugio materno al aire libre, en un sitio que está a miles de kilómetros de la tierra en que naciste y creciste! ¿Qué ráfagas habrán cruzado por sus mentes?

Pero también pensé en otras primeras veces, que les han tocado vivir a miles de cubanos durante estos 13 años de cooperación —celebrados justamente ayer— en la patria de Bolívar y Chávez. Miles jamás habían visto disminuir el suelo desde un avión; muchos conocieron aquí serpientes que envenenan, sapos de más de 25 centímetros, mariposas que producen urticarias.

Casi ninguno se había mirado en las aguas de un río-mar como el Orinoco, y mucho menos se había trepado a una lancha rápida para trasladarse cientos de kilómetros entre vaivenes tremendos. Acaso ninguno sabía alguna palabra del wayúu, del warao o del panare.

Cuántos por primera vez vieron la nieve de verdad en los copos de las montañas de Mérida; contemplaron un desierto o se maravillaron por la inmensidad de un lago; para cuántos fue la primera ocasión en que tuvieron que serpentear barrios de cerros, construidos en el apilamiento que obligó el pasado.

Eso, sin hablar de otros actos de iniciación, que hacen oscilar mucho más lo que uno lleva dentro, en lo profundo. Quién puede pincelar la convulsión sentimental que provoca pasar el primer cumpleaños, tuyo o de uno de los tuyos, en el extranjero; experimentar el primer fin de año fuera de la ciudad, del pueblo o del caserío que habita en tus arterias; cantar por primera vez tu Himno en otra geografía; escuchar por primera vez a los Van Van o la Guantanamera en una distancia que quisieras fuera ficticia.

Dejando a la espalda los paisajes del Delta, el agua achocolatada, el asfalto interminable... pensaba también en la primera vez que uno escucha por teléfono en la lejanía la voz de tu madre o de tu padre y se te doblan las rodillas como en un acto reflejo inexplicable, y se te suben unos hielos al estómago y los arroyos a los ojos. Pensaba en la recriminación inocente de los hijos, su pregunta estremecedora: «¿Cuándo vienes, papá? (o mamá)». Pensaba en tantas primeras veces que te demuestran cuánto gravita en ti y cuánta falta te hace la caña, el polvo, el tren, los sabores, los olores, las palmeras, los gallos madrugadores, tu sangre, lo imperfecto, el jardín, la noche diferente, la Patria... la casa.

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