Amigos por la libreta

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio.

Mahatma Gandhi (1869-1948)

Hoy es el Día Internacional para la Tolerancia, según decretó desde 1996 la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y este 16 de noviembre me hace pensar en alguien muy querido a quien le critiqué siempre que los amigos no venían por la libreta (la de abastecimiento).

Aclaro que cuando le decía esa frase no era porque se limitara en cantidad, sino porque una vez que la vida los había puesto en su camino —como a los mandados en nuestras bodegas— él se sentía en la necesidad imperiosa de ir a recogerlos. Porque le tocaban y era casi religioso adquirirlos, decía yo, con tono de burla y reproche.

Es casi común que en una casa en la que no se comen chícharos porque a nadie le gustan, la familia decida sacarlos de la bodega cada mes para utilizarlos con cualquier propósito. Pero, ¿por qué divina y misteriosa razón esta persona que tanto quiero se empeñaba en adoptar compañeros con defectos casi insoportables? «Son mis amigos», era la gastada justificación.

Y yo, desde mi adolescencia llena de compinches perfectos que solo compartían la hora de la merienda o la salida a la discoteca, pensaba que ¡por nada del mundo! aguantaría yo semejantes desplantes como los que le tocaban a este ser de «corazón demasiado grande». Mis socios siempre serían perfectos. Y el día en que cambien… simplemente dejarán de engrosar mi selecta lista.

La primera vez que perdoné a Alejandro sentí un dolor tremendo. Era mi mejor amigo, mi hermano para todo, y me había engañado. Claro que en una bobería tan «trascendental» como comerse unos panes que habíamos guardado para la mañana, pero me había mentido. Y así «no lo quería a mi lado». Hoy todavía nos reímos de la cara de horror y decepción con que lo miré esa noche.

Luego vinieron sucesos peores, por supuesto que no todos por parte de Ale (todavía hoy es mi psicólogo particular). Pero pasaron los años. Y tuve que aprender a ver con calma —sin perder la capacidad de análisis para los casos extremos— cómo miembros de mi perfecta lista se equivocaban, reflexionaban, pedían perdón… y yo los perdonaba. En situaciones al límite llegué a acercarme a culpables que no bajaban la cabeza para asumir su error. Pero eran mis amigos, ¿qué se le iba a hacer?

Incluso yo me volvía insoportable en algunos momentos. Y me moría de la tristeza si se demoraban mucho en perdonarme. Porque para eso estaban los amigos ¿no?

Ya me he adjudicado mi propia libreta de abastecimiento para recibir los amigos que la vida me trae. Y aunque no vienen cada mes y se me quedan páginas en blanco, como a la libreta de Pánfilo, procuro recoger cada vuelta de la que me avisan los vecinos. Aunque no me gusten los mentirosos, aunque no me gusten los gritones, aunque no me gusten los callados, aunque no me gusten los llorones… son mis amigos. Y no voy a dejarlos en la bodega para que alguien se los lleve. Porque son míos y pertenecen al núcleo de mi vida.

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