El autógrafo perdido de Polo Montañez

Autor:

Mayra García Cardentey

Conocí de su Montón de estrellas y su singular fenómeno musical en la medianía de 2001, cuando desandaba por primera vez las aulas del instituto preuniversitario vocacional de ciencias exactas (IPVCE) Federico Engels, en la provincia pinareña.

Todos hablaban de Polo Montañez: el «hombre» era un boom con aquella música natural, una lírica sencilla y popular y una vis literaria de guajiro de medio monte.

La muchachada se alborotaba con él, y hasta lo prefería por encima de los suculentos N’SYNC o los Backstreet Boys. ¿Su enigma?, ¿su magia?: quizá la juventud estaba cansada de tanto «playboy» y «rostro de remake», y aquel bonachón candelariense, de tumbado campechano y cadera ladeada, propia de los que han arado tierra, la conquistó con una sonrisa de oreja a oreja.

No se escuchaba si no a Polo, no se bailaba si no era con Polo… Cuba era Polo, y Pinar ¡ni hablar! Amuralló con su Montón de estrellas a gurús de la música popular como los Van Van, y la c. Desbancó también a Juan Luis Guerra, Juan Gabriel y hasta Ricky Martin.

Pero no se creyó grande. Aquel guajiro de la serranía occidental cubana se echó la fama en un bolsillo y coció con pespunte redoblado su monte en el ala del sombrero y se fue a recorrer mundo, a recorrer la Isla.

Llegó entonces el espectáculo en el IPVCE Federico Engels, uno de los más grandes protagonizados por el cantautor, fuera de la convocatoria en la plaza pinareña aquel 1ro. de enero de 2002 cuando reunió a 50 000 personas.

Aquel concierto ha sido uno de los más impresionantes que he presenciado, y uno de los pocos donde la algarabía juvenil, por miles, adorara a un cincuentón con sombrero de yarey, porte de campesino y sin gota de maquillaje.

Recuerdo los cuentos que hacía en medio del escenario con aquello de que «el pinareño por el mundo» con sus mofas de entretenido; de cuando no sabía cómo abrir una pila de agua con modernos artilugios en un hotel cinco estrellas; de la primera vez que se montó en un avión; de sus experiencias en elevadores, o de sus miedos a las entrevistas.

Cuando Polo terminó de cantar, más bien cuando la multitud dejó de vociferar «¡otra!», la fanaticada lo esperaba afuera para la firma y el póster.

Aproveché la cercanía del escenario, de la amistad con los profesores y me escabullí. A esa hora, ¡qué hora!, no llevaba una pluma, ni libreta, ni papel alguno… y mi padre no me perdonaría no pedirle un autógrafo.

La blusa escolar se proponía para el momento, pero el regaño vendría después. ¡Voilá! Apareció aquel pedacito de cartón arrancado del telón, medio roído y con el garabato del cual solo Polo sabría. Y lo guardé, en algún lugar, ¡insospechado lugar!, que luego no recordé más.

«Habrá otros conciertos, me dije ante la pérdida, habrá otras oportunidades. De seguro me haré periodista, lo entrevistaré y hasta la foto firmada me gano. Siempre hay tiempo, pensé, para un mejor autógrafo».

Sobrevino el accidente, la tragedia, y lo despidieron en sentido duelo en Las Terrazas.

Solo supe después de su muerte que se llamaba Fernando Borrego Linares. Solo supe después de su muerte que hay oportunidades a las que la vida no le ofrece garantía ni segundas vueltas.

Oí entonces La última canción y se me antojó un Polo con una aureola medio pitonisa. El único futuro de mi vida debe ser, creo que debe ser extraño, no creo que la suerte, ahora me venga a sonreír después de haber vivido tantos años...

¡Es cierto! No creyó en la suerte, la domó a la muy maldita, la ensilló y se la llevó de cabalgata, aun cuando hasta el final se le encabritara endemoniadamente.

Aquellos días, más bien siempre, Cuba es capaz de subir al cielo para bajarle un montón de estrellas. Bajarlo a él junto con ellas.

Mi padre, por supuesto, nunca se enteró hasta ahora que le había pedido un autógrafo a Polo y que lo había olvidado en algún rincón entre tanto papeleo estudiantil, esperando mejores oportunidades. Nunca me lo hubiera perdonado. Yo misma no me lo perdono.

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