Fasten

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Qué palabrita peregrina para el cubano de acá. «Fasten» es cruzar el charco, ver más allá de los rompientes en el Malecón. Asomarse al mundo. «Fasten», por aquello de fasten belts. Sí, pero mucho tiempo que tuvimos que apretarnos el cinturón y era más difícil montarnos en un avión y ver otros parajes, salvo las excursiones a los entonces países socialistas que eran como visitas dirigidas; los que han viajado con pasaporte oficial, en misiones de trabajo y delegaciones, y quienes recibían cartas de invitación.

Fasten es amarrar o trancar en inglés. Qué paradoja: en la Cuba de hoy, que vive una apertura de las regulaciones migratorias, la palabrita sugiere suavizar, flexibilizar el contacto de Pedro, María y José con el mundo. Tengo en perspectiva un «fasten», dicen por ahí. Viajar porque sí, porque me da mi gana, sin bulas ni permisos oficiales. Ahora la tarjeta blanca, aquel Elegguá que abría y cerraba los caminos —más bien los vuelos— está a los alcances de tu bolsillo, como en cualquier rincón del mundo. Y en la visa que te otorgue o niegue el país de destino.

Ahora puedes ausentarte durante dos años de la amada Cuba, y volver a tu casa y a tu esquina, a la cola del pan, el vecindario y la gritería. Ahora los niños pueden jugar a viajar de verdad, con la anuencia de padres o tutores. Ahora «los que se fueron» o «se quedaron» vuelven como si nada. Y algunos retornan definitivamente. Ahora se puede brincar el charco de aquí para allá y viceversa, salvo quienes pretendan infectar de odio y muerte los mares y corredores aéreos.

Desde que en enero pasado se aprobaron las nuevas regulaciones migratorias, creció la cifra de cubanos que han viajado al exterior. Y nada se ha dislocado. Ir, retornar y volver a ir, siempre que haya visa y dinero. Se derribó el mito de la cerrazón, y con ello las visiones fantasiosas y de tercera mano que nos hacíamos sobre lo que llamamos «de afuera».

El cubano que viaja abre sus horizontes, ve lo hermoso y lo feo del mundo, y desde lejos también evoca más las noblezas de su tierra y su gente. También contrapola y extrae sus propias lecciones. Y se vuelve más exigente, ¿por qué no?

Lejos del peligro que ven algunos en la apertura migratoria, opto por considerarla una oportunidad para poner a prueba los valores de nuestra sociedad y del cubano sin distinciones; sin urnas de cristal que, por lo general, debilitan y no nos permiten crearnos anticuerpos. El amor al terruño vuela en nuestra mochila sentimental, y muchas veces se refuerza en la distancia.

Que el cubano viaje, siempre que pueda, me parece lo más justo. Quizá demoró demasiado esta apertura migratoria, en un mundo global, donde se desdibujan las fronteras y se acercan las distancias. Ese pasajero, ensanchado su horizonte, vuelve más pleno y sabio a lo suyo, además de colmar ansias muy personales. ¿Quién no quisiera divisar París desde lo alto de la Torre Eiffel, caminar por la Muralla China o plantarse a los pies del Cristo del Corcovado?

Lamentablemente, viajar será por ahora una empresa casi imposible para muchos cubanos, como para las mayorías de cualquier país del mundo. Hay urgencias más importantes acá, como levantar la economía y elevar el progreso y el bienestar de nuestra gente, resolver mil problemas cotidianos que nos agobian. Nos quedan muchas expediciones interiores para alcanzar la plenitud de mirar hacia afuera.

Pero se ha abierto una compuerta a la ilusión. Ir, venir, volver a ir. Fasten belts. Apretarse los cinturones para algún día, con el fruto del trabajo, amanecer en la pirámide de Chichén Itzá… y soñar y pensar en Cuba.

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