Una historia de afrentas universitarias

Autor:

Julio César Hernández Perera

La triste noticia del fallecimiento de Nelson Mandela trascendió rápidamente en todas las latitudes. Quien había ofrendado su juventud y salud tras barrotes de máxima seguridad durante más de cinco lustros, se encumbró como gigante contra el apartheid y la injusticia.

Fue, además, el primer Presidente negro de Sudáfrica y en 1994 hizo realidad su inquebrantable empeño de sanar con visión humanista la sociedad de su país, torcida hasta ese momento por el odio y la segregación racial cuya infelicidad databa de más de tres siglos.

«Nadie nace odiando al otro por el color de su piel, su procedencia o religión. La gente aprende a odiar y, si pueden aprender a odiar, también pueden aprender a amar», fue una de las ideas de Mandela que más se recuerdan por estos días.

La génesis y el sentido de este pensamiento habitan en las tristes historias padecidas dentro de la nación austral, y en espacios como las universidades; específicamente, en las escuelas de Medicina. Se trata de una realidad poco divulgada.

Por eso, valdría la pena aludir a un artículo publicado en junio del 2012 en la Revista médica sudafricana, donde se expusieron las vivencias de 52 personas de piel negra que estudiaron en la escuela de Medicina de la Universidad de la Ciudad del Cabo, Sudáfrica, entre 1945 y 1994.

Se describe en este trabajo cómo los pocos alumnos negros que estudiaron en ese centro a lo largo de este período soportaron las humillaciones y golpes a la autoestima engendrados por un tratamiento racista a manos de un claustro y otros profesionales (blancos) que sirvieron como instrumentos segregacionistas. La restricción de oportunidades afectó en los estudiantes negros su formación académica… y su futuro.

Desde sus inicios esta Universidad sudafricana negaba la matrícula a los «nativos o de color»: a los racistas les aterraba el hecho de ver sus aulas «impuras» y que fueran tratados en algún momento por médicos negros, pero poco les preocupaba la salud de quienes consideraban como seres inferiores.

Pero ante las presiones internacionales se empezaron a aceptar, desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los primeros estudiantes negros en la Universidad. Sin embargo, en la práctica, ninguno de los matriculados en la facultad de Medicina llegó al final de la carrera porque los hospitales les negaron el acceso a los lugares donde se atendían los pacientes blancos.

Con posterioridad, los negros que consiguieron estudiar Medicina —hasta 1994— tampoco pudieron atender a pacientes blancos y no tenían la posibilidad de contar con los «mejores profesores». Incluso, cuando llegaba un paciente blanco a las consultas externas, a los estudiantes negros se les forzaba a salir, y lo mismo sucedía en las necropsias en caso de que el cadáver correspondiera a una persona blanca.

Eran reglas que tenían que acatarse, legalizadas en documentos que los estudiantes negros estaban forzados a firmar antes de entrar en la carrera. Asimismo se les aclaraba en estos pliegos que la Universidad no garantizaba su formación.

Uno de los entrevistados declaró: «No pudimos ver muchas enfermedades que los estudiantes blancos veían y no percibíamos la atención personalizada que ellos recibían. (…) Ni siquiera, se nos enseñó a leer un electrocardiograma».

Tampoco los negros tenían derecho a las residencias universitarias y no podían participar en las actividades deportivas y culturales.

Mandela batalló contra estas y otras muchas injusticias sociales y fue el eje principal del giro de cambios trascendentales que experimentó la historia de su país a finales del siglo pasado. Por eso, su muerte es un duro golpe para quienes lo reconocen como un modelo a seguir, para que, entre otras cosas, sus universidades no vuelvan a amparar afrentas de injusticias y agravios.

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