¿Galgos o podencos? - Opinión

¿Galgos o podencos?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Los conejillos de la fábula de Tomás de Iriarte, famosos por su aleccionadora moraleja, saltan por entre las copas de los sombreros de nuestra sociedad, de la mano de no pocos magos de la simulación o el trucaje, y también de estilos encomiásticos y ensalzadores, que se sembraron sin intenciones perversas, aunque sin mejores resultados.

¿Galgos o podencos? La disputa que termina por devorar a los animalillos seguidos por perros continúa ocurriendo entre nosotros, pese a que las señales de sus consecuencias fueron develadas con dureza por Fidel el 17 de noviembre de 2005, y pese a que Raúl convirtió esa postura en política de Estado, cuando todavía la actualización era una criatura en germinación.

Gracias a aquellos sortilegios la corrupción devino «desvío de recursos», el robo un método de «lucha», la prostitución «jineterismo»…, sin que nos preguntáramos, a veces, la faz real y profunda de cada uno de esos fenómenos y cómo eliminarlos realmente en las condiciones de nuestra sociedad.

Deberíamos medir con más frecuencia lo corrosivo de dibujar ciertos espacios de nuestra existencia como una réplica de El Dorado, ese lugar de la imaginación en el que no hay cabida a la opacidad, donde todo se pavimenta sobre el brillo, el esplendor.

Esa especie de alien, que ya describí en este espacio, creció peligrosamente entre algunos, y puede resultar muy riesgoso para esencias prometedoras del país, pues la rara criatura tiene apetitos de deslumbramiento y alma de pasarela.

Mirado con cierta ingenuidad, es tal vez un reino de los sueños, un dominio de la aspiración, intransigente ante la aspereza de ciertas realidades. Y hay que cuidarse de él porque, crecido como un mito, puede llevar a ahogarse en sus confines, como aquel surgido de las selvas en la época de la colonización.

Lo más triste es que ese reino ancla muchas veces entre insaciables turbulencias, silenciadas por las indiferencias o riesgosas simulaciones.

En no pocos casos termina por levantar una delicada geografía de la doble moral, o una brecha por donde se nos escapa la comprensión de no pocos fenómenos; o termina en una escabrosa región social y espiritual donde se esfuman la transparencia, la limpieza, la ética.

Desde diciembre de 2006, primero en el VII Congreso de la Federación Estudiantil Universitaria, y luego en el último encuentro anual del Parlamento, Raúl comenzó a señalar lo delicado de esa tendencia, cuyo puntillazo fue la última intervención suya, precisamente ante el máximo órgano de poder del Estado.

En definitiva, lo que deja sentado es que la Revolución solo vive en la verdad, en la franqueza, en la honestidad, en la pureza. Y que abrir camino a lo contrario sería hacerlo hacia lo que Fidel advirtió a 60 años de su ingreso en la Universidad de La Habana: que la Revolución Cubana puede ser reversible, que es posible su autoaniquilación, si permitimos que las distorsiones y errores carcoman el cuerpo sano de sus sueños.

En semejante amenaza, apuntada por ambos líderes revolucionarios, palpita una lección renovadora y no una advertencia apocalíptica. Sencillamente, ninguna verdad puede ser tan grave como para ignorarla, transfigurarla o acallarla.

Y aunque algunos no lo perciban, ese es de los mejores augurios para la Revolución, pues más allá de las alentadoras cifras económicas y sociales que todos esperamos de la actualización estructural, esto va a la mejor cuenta de la nación, a la de su saldo espiritual.

Porque al asumirse en la plenitud de sus luces, y también de sus sombras, se adentra en la transformación social y económica elevando el mandato martiano de que la verdad salva.

Quienes discrepan para defender la verdad no subvierten a la Revolución, la cual solo puede ser subvertida por la hipocresía y el acomodamiento del carácter, que no termina en otra cosa que en la prostitución del alma.

Hay que dignificar la discrepancia frente a cualquier tipo de homogeneidad paralizante y simplificadora como fórmula de mejoramiento de la Revolución, como principio de su funcionamiento, como método de consenso, porque la sociedad que triunfó en Cuba después de 1959 se fundó en la libertad martiana: en el deber de todo hombre a decir lo que piensa, y a pensar y hablar sin hipocresía.

Lo que no podemos permitirnos es el final de los conejillos de la fábula: quienes, por cuestiones de poca monta, dejan lo que importa, se llevan ese ejemplo.

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