¿Mantenemos nuestro acuerdo?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Cada diciembre La Habana se detiene un poco. O entra en un ajetreo complicado que domina las calles (y las aceras). Empieza un tráfico peculiar que sacude las rutinas personales y hace que los días tengan horas con los caminos desiertos y otros horarios escenifiquen carreras con obstáculos entre una meta y la otra. Porque nadie se atreve a dudar de la magia de los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, y pocos pueden salvarse de caer rendidos a los pies de las salas oscuras del séptimo arte.

Muchos trabajadores reservan sus períodos vacacionales para estas jornadas. Y los profesores más sabios se las arreglan para adaptar sus horarios de clases, conscientes de que nadie quiere faltar a esta cita única. Y es preferible el convenio antes que una ausencia del estudiante que el maestro acabará por justificar, pues el docente hubiese hecho lo mismo si pudiera.

El café se convierte en la opción de muchos para mantener los sentidos alertas. Las cafeterías se vuelven gestoras de la sobrevivencia, porque no se puede atender bien al filme con el estómago vacío. Y en las escalas entre destino y destino —del Yara al Chaplin, de Infanta a La Rampa, del Riviera al Acapulco— la inevitable Catedral del Helado es visita con lugar en la agenda de los que tienen suerte de entrar. Porque no se puede andar perdiendo tiempo en las colas.

Solo los televisores descansan un poco en estas jornadas en las que se vive la inigualable sensación de tener al alcance de un tique lo mejor del Nuevo Cine Latinoamericano, con la tentación de seis tandas diarias gritando desde las carteleras (y el grito del alma cinéfila no es de los que pueden acallarse con compromisos u otras prioridades).

No sé si usted se integró a la magia. Pero esta fue su oportunidad y espero que la haya aprovechado. No habrá forma de medir cuán eficaz fue su convocatoria, pero usted debe cuestionarse a cuántos inexpertos en materia de celuloide logró acercar a las salas oscuras del país en el F35tival.

Porque el propósito íntimo y velado en este diciembre debió ser agenciarnos nuevos cómplices para dejar de ser los únicos privilegiados. Había que ampliar la complicidad con el que muchos defienden como mejor momento del año. Había que escoger una mano amiga, al más pequeño de la casa, al que no salía hace algún tiempo, al que no había abierto los ojos ante la pantalla enorme de la sala oscura, al que creía que prefería ver el filme en casa, al que estaba terminando el último capítulo de esa serie que podía esperar…

Había que agarrarlo de la mano. Era nuestra responsabilidad y nuestro regalo adentrarlo sin remedio en el séptimo arte.

Porque este bienaventurado lo iba a agradecer toda la vida, y ante la cercanía del próximo diciembre el nuevo contagiado, el «novel experto» en el complejo ajetreo, también podría volverse loco entre tantos planes, de tantas expectativas, tratando de entrar en ese laberinto que comunica una tanda con otra, un cine con otro, un país con otro. Ya habría sido conquistado para siempre con la adicción que se espera durante el año. Ese era, querido lector, nuestro secreto plan.

Y no tengo cómo comprobar si nuestra intención navegó con suerte, pero pudo verse que muchos hicieron su trabajo en este F35tival. Muestra de ello fueron las dificultosas entradas a algunas tandas, incluso cuando era la primera aparición de un filme y no podía afirmarse que las ansias fueran por la calidad avisada por otros.

Puede afirmarse también que nuevos corazones llegaron a la fiesta de diciembre. Al menos por unos días algunos abandonaron la computadora y el DVD. Así que es cosa decidida que cada diciembre la fiebre debe extenderse más. Para que esa epidemia redentora de almas no sea exclusiva de los mismos conquistados (aunque haya que empujar para entrar al cine —me decía un amigo—, pero si entramos sin empujar, mejor).

Entonces, ¿mantenemos nuestro acuerdo?

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