El legado - Opinión

El legado

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Cada paso, logro, proyecto o decisión que tomo en la vida está profundamente marcado por el legado que ha dejado en mí la mejor maestra del mundo: mi madre.

Ella se llama Patricia, nombre de origen español que significa de noble estirpe, digna, original, divertida, leal, fiel, entregada, caprichosa y aglutinadora, adjetivos a los que honró con creces desde que con solo 13 años salió de casa a enseñar a leer y a escribir durante la Campaña de Alfabetización.

Ser la más pequeña de ese grupo de docentes voluntarios, una de las más delgadas y con problemas serios de alergia no le impidió subir hasta la cima del Pico Turquino, o graduarse de maestra en las lomas de Topes de Collantes, profesión que todavía venera al ser una de las jubiladas reincorporadas al sistema de educación en la Isla de la Juventud.

Los que la conocen de años la respetan mucho por su vasta experiencia en la asignatura de Historia, una de sus pasiones. Aún le dedica horas y horas de estudio y preparación, ahora con la misión de asesorar a los más noveles que enfrentan el reto de enseñar ese contenido en una secundaria básica.

Todavía sonríe cuando en la calle la llaman «profe» aquellos que tuvieron la suerte de pasar «por sus manos» y agradecen los conocimientos y la educación que recibieron con amor, entrega y mucha profesionalidad; los mismos elementos que forjaron el carácter, la conducta y percepción del mundo que hoy tenemos mi hermana y yo.

Recuerdo con satisfacción —porque también fui su alumno— cuando entraba al aula y su energía y sabiduría nos llenaba a todos; los regaños dulces que obligaban a la vergüenza a transmutarse en responsabilidad con las tareas para la siguiente clase y el orgullo de maestra que ella sentía cuando sus estudiantes llegábamos a las conclusiones correctas después de 45 minutos de estudio.

También sobresalen en esta historia su capacidad para dirigir procesos complejos como organizar el horario docente y de vida de un centro escolar. Estas condiciones avalaron que se alejara por un tiempo del magisterio para cumplir funciones administrativas en instituciones de la Cultura y del Comercio y la Gastronomía, actividad que asumió hasta su jubilación.

Entonces en casa todos pensábamos que era el mejor momento para el descanso. Sin embargo, la necesidad de docentes de su asignatura fue como un campanazo para que emprendiera, como antes, la digna tarea de enseñar, ahora con mayor experiencia.

Hoy, con más de seis décadas de vida, la salud no la acompaña demasiado, pero no limita su espíritu. Camina despacio, pero no se cansa. Los achaques aumentan, mas no se rinde. Cada día es un reto y ella, empero, dice que no es difícil.

Su vida se abre ante mí como un espejo de virtudes. Entre las enseñanzas más preciadas que me inculcó destacan que no se logra nada útil sin esfuerzo ni sacrificio, y que se debe disfrutar del trabajo con responsabilidad para crecer como ser humano y como profesional.

Cada diciembre se festeja en el país la Jornada del Educador, pero las distinciones a nuestros maestros deben ser cotidianas. Por eso, aunque la fecha del 22 de diciembre ha quedado atrás, quise plasmar el respeto y cariño que ellos nos inspiran y hacer extensivo este homenaje a aquellos y aquellas que dedican sus vidas a sembrar la semilla del saber, con voluntad, sabiduría, paciencia y orgullo.

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