Un triste papel

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Con el tiempo, al nuevo compañero, al simpático y atento, le apareció el lado oculto, el que nadie había visto o imaginado. De trabajador y comedido, a su capital de trabajo se le añadió el «Sí, jefe» y la defensa a ultranza —con dulzura, aunque persistente— de todo lo que emanara de los estratos superiores, aun cuando fuera una decisión discutible o que pudiera lesionar al resto de los trabajadores.

Después, junto con las palabras, llegaron otras actitudes. Como esa de caminar encorvadito al lado de algún superior con unos ojos acuosos, llenos de cariño, mientras acompañaba sus comentarios con unos gestos tan suaves y delicados, que en cualquier momento se iba a derretir, como alguien dijo a modo de chacota.

Con el paso de los días, varios amigos se acercaron para alertarlo del desprestigio en que estaba cayendo y recordarle que la camaradería y el respeto entre las personas, incluso con los superiores, no tenía que implicar una pérdida de la dignidad personal. «Estás haciendo un papel muy triste, compadre», le advirtieron. El hombre escuchó impasible; pero al final torció la boca y dijo: «Pues acostúmbrense, que ese es mi estilo».

Tiempo más tarde, el dueño de todas las amabilidades posibles fue promovido y al parecer goza de buena salud, y ahí está, como dicen sus colegas, preparándose a seguir su camino escaleras arriba o cuidando para permanecer el mayor tiempo posible en la parcela «conquistada» en su nuevo Olimpo.

La anécdota no es un producto de la imaginación y, por supuesto, tampoco resulta un hecho aislado. En los últimos tiempos, en la sociedad cubana conviven junto a la indisciplinas sociales, algunas actitudes que nada tienen que ver con los valores que defendemos como nación. Porque al lado de la música alta, el vestuario incorrecto y los olvidos de pedir permiso, deberían mencionarse la autosuficiencia y la arrogancia, combinados con la genuflexión o la hipocresía.

Ambas deformaciones guardan en común el hecho de hacer prevalecer intereses egoístas por encima de la colectividad, solo que por vías muy distintas. Pues mientras las indisciplinas sociales laceran la convivencia de un modo abierto, en ciertos sectores profesionales la genuflexión puede adquirir formas más sutiles y solapadas, y conectarse con estructuras de dirección que para perpetuarse privilegian el compadreo y el favoritismo en detrimento de la discusión transparente y honesta entre compañeros.

Los peligros de ese comportamiento se pueden palpar en cuestiones más trascendentes. En reiteradas ocasiones, la máxima dirección del Gobierno ha señalado que uno de los frenos a las transformaciones que hoy se realizan en el país se encuentra en las barreras mentales que entorpecen o cierran las iniciativas que pudieran elevar la productividad o mejorar los servicios a la población.

Es muy probable que en el nudo de ese conflicto haya personas honestas, aunque con criterios distintos de cómo encauzar ciertas iniciativas. Sin embargo, no sería descartable pensar que detrás de esos frenos estén directivos respaldados por individuos que practican la hipocresía y las adulaciones con tal de mantener su estatus. O viceversa, como puede suceder en la otra cara de la moneda, el de sujetos que dicen apoyar las transformaciones de dientes para afuera y no se involucran en el lado real y más profundo de las mismas: el intercambio pleno entre compañeros, la búsqueda para sumar, convencer y aprender en el mismo ejercicio de las transformaciones.

Debemos preservar una ética inmanente a la Revolución y para ello no podemos quedarnos de brazos cruzados ante actitudes que la laceran, como la del sujeto descrito al comienzo, cuya actuación solo conduce a perpetuar la hipócrita función de tiralevitas, uno de los papeles más tristes que un ser humano pueda interpretar.

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