Juguetes que hacen llorar

Autor:

Osviel Castro Medel

CARACAS.— Nunca supe su nombre; acaso jamás lo sabré. Pero si de algo estoy seguro es de que no podré desprender de mí su imagen.

¿Cómo olvido el rostro quemado del llanto, su boca abierta y contraída, las manos sujetándose la cara, el desconsuelo en toda la anatomía y el espíritu?

Lo vi en la televisión estatal de Venezuela y enseguida pensé, por su edad aparente, en mi princesita, Mónica, quien este mes cumplió nueve años, aunque jamás ha vivido ni vivirá un episodio semejante.

Y sentí toda la gravidez de la impotencia, la amargura sacudiéndome, el deseo de ir a socorrerlo.

El niño corrió, peleó; mas no pudo alcanzar un juguete. Lo soñaba, lo quería, lo veía venir en el aire. Algunos con propósitos torcidos, habían anunciado que repartirían muñecos, carros y aviones de cuerdas; entonces él se dispuso a recibir cualquiera de esos tesoros que regodean las fantasías infantiles, mucho más en vísperas de la Navidad.

No pudo alcanzar un juguete porque el acto de entrega fue un juego, de los peores, de los macabros. Un hombre se trepó a un camión acompañado de algunos edecanes y empezó a lanzar los «regalos» como proyectiles, como repartiendo migajas a una manada que se disputase un trofeo carnal.

Los más fuertes, los grandes, los acompañados por personas mayores, los de más suerte… alcanzaron. Pero él no, otros tampoco, por supuesto. Se vieron atropellados o vencidos por la muchedumbre que, engañada también, tuvo que enrolarse en la enorme piñata.

Por eso él lloraba sin calmantes, por los golpes en la multitud, por la piedra que le habían sembrado en el alma con tamaña decepción.

Sacudido por la insólita secuencia, busqué después titulares en los grandes medios nacionales y foráneos, o al menos reportes «imparciales» que, aunque no opinaran, describieran el espectáculo, la lanzadera de paquetes a unas manos tiernas levantadas, las lágrimas vivas de otros pequeños asustados. Qué error: solo algunos de los «parcializados» reflejaron la maldad y la crueldad de aquella «Caravana del juguete», organizada para jugar con sentimientos e inocencias.

Lo peor es que quien arrojó los juguetes como si hubieran sido platillos aerodinámicos, se tilda de «progresista». Se trata de Henri Falcón, gobernador del estado de Lara, un hombre que en un tiempo dijo ser bolivariano hasta que saltó la talanquera moral para dedicarse «a rajar» de sus antiguos compañeros y hablar con posturas celestiales.

Lo peor es que ese niño, como muchos más, no sabe de trampas, de traiciones a ideales, de renuncias y aprovechamientos políticos.

El único alivio fue pensar que un día crecerá, entenderá el mundo y la vida; se enjugará las lágrimas, sembrará un gesto o un símbolo donde mismo quisieron convertirlo, cobardemente, en un juguete.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.