Con Bonifacio Byrne en bicitaxi

Autor:

José Alejandro Rodríguez

«¿Dónde está mi bandera cubana…?», recito a Bonifacio Byrne, mientras redivivos autos de alquiler y bicitaxis enarbolan contra el viento los pabellones de Reino Unido, Estados Unidos, España, Canadá, Alemania o Italia, en una operación de mercadeo nada sentimental, para asegurarse clientes con turistas de esos países, al ritmo de un procaz reguetón.

«…La bandera más bella que existe…», me aferro a Byrne por contraste, y recuerdo aquellos primeros estremecimientos patrios de un niño ante el rubí, las cinco franjas y la estrella solitaria, cuando en el colegio Luz y Caballero de Jovellanos, el maestro Alberto nos contagiaba a quererla y a saludarla cada mañana con veneración, antes de entrar al aula.

Esa exultante sensación me ha acompañado desde entonces cuando la veo flamear triunfal, y desde su silenciosa gallardía incitar sagrados sentimientos: una misteriosa protección de ancestros y sangres mezcladas con pólvora redentora, en el crisol de la nación.

He estado a punto de preguntarles a nuestros campeones olímpicos qué se siente cuando, en las ceremonias de premiación, nuestro pabellón se eleva a los acordes del Himno Nacional y, desde latitudes muy lejanas, ellos besan a Cuba  musitando apenas «…que la patria os contempla orgullosa...».

«Y no he visto una cosa más triste…», se rebelaba Byrne al entrar en La Habana ocupada por la bota yanqui después de tanta batalla mambisa, bajo la bandera de las franjas y las estrellas del Tío Sam, la misma insignia que enarbola hoy un pragmático bicitaxista, «porque, puro, tiene tremendo swing la Yuma…»

«…Donde basta con una, la mía»… Desde sus versos Byrne reafirma mi criollez ante tanta alegoría intrusa. Porque, en la medida en que Cuba se abre al mundo, la aldea global va colándose en el traspatio, derribando fronteras para uncirnos a los símbolos de los poderosos.

Observo al bicitaxista de marras, y ante todo defiendo su soberana libertad de esgrimir hasta la bandera de la Antártida si existiera, para luego tratar de explicarme qué ligereza y desarraigo, cuáles vacíos habrán enrumbado sus predilecciones. ¿Le habrán inculcado amor a los símbolos patrios los padres y los primeros maestros? ¿Se habrán trocado en aburridas rutinas, retóricas pomposas y frías listas de asistencia como forzosos requisitos, los actos patrióticos y las clases de Historia de Cuba? ¿Seguiremos enclaustrando a nuestros héroes y mártires en los pedestales inaccesibles, y no acabaremos de bajarlos de allí, con sus virtudes y defectos?

Lo otro es que con la invasión de banderas ajenas, los Santa Claus navideños y muñecos de nieve artificial que se venden en las tiendas de un país tan caluroso, y con los principiantes del lejano Halloween abriendo brechas en el vecindario, ni Elpidio Valdés ni María Silvia encuentran un espacio para su insurgente ingeniosidad. Adquirir una bandera cubana es casi una proeza bastante improbable, cuando menos en CUC ajenos al salario. Apenas tenemos una industria y un mercado floreciente de los símbolos nacionales.

Ante esa competencia desleal, por suerte hoy la sociedad cubana no reacciona con extremismos enfermizos ni segregaciones. Y también la cultura nacional, en su acepción más elevada, sigue siendo el escudo protector. Pero ante la inevitable avalancha de imágenes y costumbres importadas en el mercado, ya es hora de levantar la bandera de la autoctonía y lanzar atractivamente los señuelos de la cubanidad en nuestras «ofertas». La historia y el alma del cubano necesitan reinventarse, con belleza y gracia insólitas, en un mundo demasiado engañoso, de sujeciones detrás de las imágenes y de los mitos. Detrás de una lejana bandera.

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