Llamada de emergencia - Opinión

Llamada de emergencia

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Riiiiiiing riiiiiiing riiiiiiing. Riiiiiiing riiiiiiing riiiiiiing… El aparato insistía, pero en la oficina nadie se movía de sus asientos, como si en cada tarea les fuera la vida o no percibieran el reclamo de atención que alguien hacía desde otro teléfono.

Riiiiiiing… «¡Ya! Lo cojo yo, pero vayan haciendo un listado mental para turnarse el teléfono» —dijo en tono amenazante quien se dispuso a atender la llamada. «Dígame». Y del otro lado habló el director quien, molesto, ya no quería dar la noticia que lo movía a llamar y, en cambio, anunció que movería el aparato para otra oficina.

Los empleados habían pasado la mañana sorteándose el turno de atender el teléfono, que por su insistencia parecía un niño hambriento en medio de la madrugada. Pero ahora estaban en problemas. Es cierto que se librarían de conversaciones como esta: «¿Sí?», diría con desgano la voz, sin dejar de atender el juego que tenía abierto en la computadora, a la par de otros documentos. «¿Quién habla por ahí?», preguntaría el sujeto desconocido. «¿Con quién desea hablar?», le responderían con acento impertinente, y el otro dudaría un segundo, causando la desesperación del primero. «¿Esa no es la casa de fulano?». «Ya usted lo dijo, esta no es la casa de fulano. Esto es un centro de trabajo y estamos ocupados» —volvería a decir el primero y dejaría caer el teléfono con un golpe seco.

Ah, pero con el anuncio hecho por el director no podrían recibir llamadas para saber que habían sacado algo «bueno y barato» en las tiendas; ni atender a las amigas traicionadas, embaucadas, despreciadas y todas las «adas» que se les ocurriera. Ni «robarse» el teléfono para una llamadita de larga distancia a la familia. Ni al círculo para ver si la niña se comió bien el almuerzo. Ni… todas las cosillas que uno resuelve cuando tiene un aparatito de esos al alcance de la mano.

Claro, no es que los trabajadores de esa oficina fueran lo peor del mundo. A ellos también les había ocurrido que, mientras llamaban con desesperación a la pizarra de un determinado hospital (obviemos el sitio) para saber cómo seguía el pariente enfermo, pasaran horas antes de lograr la comunicación. En el peor de los casos, marcaron un número y nunca atendieron, aunque el otro lugar —como ocurría en su centro de trabajo— estaba repleto de personas.

En breve, el mejor invento —digamos… social— desaparecería de sus ocho horas de ¿trabajo? Digo, el mejor, para no caer en el tema de la importancia del celular, porque aún no es una opción disponible para la mayoría necesitada (y yo con el mío no he establecido las mejores migas, pues cuando no está roto, lo andan buscando para internarlo). Mejor volvamos al tema de la telefonía fija.

Desde que a Antonio Meucci se le ocurrió esta idea —aunque fue Alexander Graham Bell el primero en  patentarla—, el teléfono ha salvado matrimonios, ha servido para aclarar dudas, llegar a tiempo ante un enfermo de gravedad. Ha iniciado amistades, ha roto barreras, ha evitado gestiones innecesarias, caminatas en vano…

Sinceramente adoro este invento maravilloso porque me ha ayudado a tender tantos puentes invisibles e indestructibles desde que un día decidí irme a estudiar lejos de casa y después a trabajar. Ahora —¡quién lo diría!— hasta poemas de amor he escuchado tras el auricular, recitados desde más allá de nuestras fronteras.

Es cierto que a veces enerva un poco tanto ruido insistente mientras nos concentramos en el trabajo. En la oficina donde esta historia ocurrió, cierta vez alguien hizo resumen, al final de la jornada, y habían contestado tantas llamadas personales que casi no hubo espacio para clientes en un día completo.

De teléfonos, usos y usuarios podríamos estar hablando por años. Desde aquel que se «pega» a los públicos como si estuviese sentado en su casa, sin que importe la larga cola que tiene detrás, los que matan la soledad de las noches atrapados en una conversación a larga distancia, el que lo descuelga para librarse de los «inoportunos», la mujer que jamás hablará si está tronando, las tareas que se dictan un ratico antes de llegar a la escuela…

Indiscutiblemente, muchas son sus ventajas. Y a estas alturas, todos en aquella oficina estarán buscando alternativas para que no se lo lleven. «No, no, qué va, si no cuesta nada atender con prontitud y amabilidad a cuanto cliente se le ocurra llamar. ¿No es así, querido director?».

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