La máscara detrás del mostrador

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Él se cree capitalista. Pero trata de disfrazar sus intenciones proclamándose defensor de la justicia y el bien común que distinguen al socialismo.

Con la estratagema logra lo que quiere de los trabajadores que ha contratado. Juega con la importancia del sentido de pertenencia, de «trabajar más que nadie», de hacer las cosas bien. Pero todo es con el fin de un mayor beneficio para su economía, mientras se va a bolina la consideración que merecen los que él proclama «sus compañeros».

Pide eficiencia, perfección y disciplina como virtudes que requiere cualquier proyecto para prosperar. Lo torcido está en la forma en que busca alcanzarlo, porque si algo sale mal, recrimina como un déspota por el daño causado a la «empresa».

Frecuentemente llama a laborar horas extras sin pago adicional, con el propósito de reparar la instalación. Porque la mano de obra gratis de sus propios empleados es mejor que contratar albañiles. Pero no tiene en cuenta el derecho del trabajador a su día libre.

Para el que no asista a esas citas, el «castigo» es otra de sus modalidades de disciplina. Es su modo de conseguir impecables autómatas a su servicio. La medida casi siempre consiste en días sin laborar (limitación que afectará al presupuesto familiar del sancionado).

Porque este jefe tiene sus propias leyes. Para que todo avance. Para que su bolsillo se llene mejor. Y nadie lo cuestiona, porque todos quieren mantener lo suyo, por insignificante que sea comparando con las ganancias de aquel. Y saben que la lista de espera por su plaza está engrosada.

Su petulante «pertenencia» al equipo desaparece cuando alguno de sus muchachos presenta un grave problema familiar y no puede llegar a su turno de trabajo a tiempo. En vez de apoyo y ayuda, es más fácil tildarlo de indisciplinado, y hacer ver a sus colegas que amenaza los intereses de todos… Y a seguidas poner a otro en su lugar.

Y si bien es imprescindible que estas formas de gestión por las que el país apuesta con buen tino logren calidad y desenvolvimiento, consigan la aceptación del público y mejoren el rostro de nuestros servicios, ello no puede hacerse a costa de que quienes están detrás del mostrador sean irrespetados.

Ante la presencia de un jefe con estas características, que existe y puede encontrarse en el trabajo por cuenta propia, queda a la decisión del contratado aceptar o no las reglas particulares que aquel crea.

La ley que respalda sus derechos existe. El Código de Trabajo aprobado en las recientes sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular —aunque todavía no se ha comenzado a implementar— establece que para formalizar una relación de empleo debe elaborarse y guardarse copia escrita de un contrato o documento similar, en el que se fijen las condiciones de la relación en lo referente a formalización, retribución, descanso, vacaciones, protección, seguridad e higiene, así como a las causas de terminación del contrato.

Derechos como el tiempo de almuerzo y comida (que nunca puede ser menor de 30 minutos) son vulnerados en no pocas ocasiones. No es una escena construida encontrarse a un dependiente en cualquier cafetería consumiendo sus alimentos mientras tiene que interrumpir la satisfacción de esa necesidad para atender al público.

Exigir la presencia del contrato puede ser una de las formas de evitar que los límites los fije únicamente la decencia. Así se garantizará el cumplimiento de los deberes y derechos recíprocos de ambas partes. Hacerlos valer es la opción para este trabajador que se enfrenta a un empleador que lo irrespeta. El nuevo Código prevé también que el contratado promueva acciones ante la justicia para exigir el cumplimiento de las normas.

Aunque sea máxima conocida que la rectitud tributa a la eficiencia, el exceso de exigencias y el irrespeto del empleador ante problemas verdaderos de los trabajadores son conductas que atentan contra la calidad de vida de un contratado que, sujeto a cánones injustos creados por su superior, está sacrificando su bienestar para mantener el puesto de trabajo.

Y este bienestar para todos los trabajadores es un derecho que sostiene el socialismo con su máxima de justicia e igualdad, y que no puede ser burlado, no importan las máscaras con las que se intente hacerlo.

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