Bendita precocidad

Autor:

Alina Perera Robbio

Se dan en la vida verdadera —esa que ya sabemos suele discurrir humilde, silenciosamente, y que está hecha de un sinfín de cosas pequeñas— sucesos que pueden sacudirnos. Quiero por eso compartir esta estampa que parecía leve, tan inocente, y que sin embargo llevaba debajo de sí corrientes muy hondas y fuertes, alusivas a nuestras necesidades y circunstancias de hoy:

Salía yo llevando de la mano a mi hija de siete años. Me abría paso en un ancho pasillo de escuela primaria, a través de un tropel de muchachos en quienes se advertían las huellas de un día agitado. En algún instante me vi sola (la niña gusta de soltarse y atrasarse en un ritual de libertad del cual soy cómplice); y tuve junto a mí a un niño, quizás de unos nueve años, que no llevaba uniforme y sostenía en una de sus manos una jaba llena de plantas.

«Cómo hay orégano allí…», me dijo él como si fuera un adulto, acabado de salir, a todas luces, de un huerto cercano. «¿Son para cocinar?», indagué sin salir de mi asombro. Y él: «Claro…, para la casa…».

Enternecida, como si hubiera encontrado un rara avis en mi mundo de costumbres, solo atiné a inclinarme y a quitar al muchacho los guizazos que llevaba prendidos del pantalón. Insólitamente casi todos fueron a parar a mi ropa. Y el niño, cortés, me devolvió el gesto de arrancarlos.

«¿Qué ha sido esto?», me preguntaba yo mientras dejaba ir al pequeño y buscaba a mi Elena. Me había tropezado con un futuro hombre práctico; y lo esencial para mí, más allá de preguntar si él debía o no haber entrado a cierto huerto, era haber advertido ese afán por encontrar lo útil desde una edad tan temprana de la vida.

El episodio motivó en mí varias meditaciones: me decía que tal vez el pequeño no sería de cien en la academia, pero de seguro ya le había arrancado algunos secretos a su mundo real, ese con el cual tendrá que lidiar hasta el último de sus días. Y recordaba a unos cuantos aventajados del pupitre que conozco, de cien puntos, a quienes difícilmente veré aderezar una sopa o poner un clavo en la pared. Pensaba incluso en la falta que le hacen a esta Isla nuestra —tan urgida de talentos y fuerzas con que producir, crear, fundar bienestares— mujeres y hombres capacitados para ser felices en escenarios concretos, allí donde están las raíces de toda comodidad.

Estos tiempos de desarrollo (de «desenrollo», como decía irónicamente alguien que había vivido mucho), nos han ablandado un poco la capacidad de sobrevivir: no pocos nos hemos acostumbrado a pensar en el producto terminado, en objetos que algún desconocido, tal vez enajenado en su línea de producción industrial, retractila para nosotros, es decir, para destinatarios también desconocidos. Ya pocos sabrían qué hacer en medio de circunstancias extremas como las que tuvo Robinson Crusoe, ese naúfrago inglés nacido de la imaginación de Daniel Defoe.

Desde luego, no estoy invitando al naufragio, pero sí a saber, en verdad, de todo un poco, desde primeros auxilios, pasando por la botánica, o por cómo se hace un nudo, o por cómo se descifran los antojos que un temporal pinta en el cielo, hasta las parábolas más hermosas de la historia.

Siguiendo con las anécdotas, confieso que me vestí hace poco como turista que llega al trópico en mi propio país… porque pensé que podría sacar unos cangres de yuca de la tierra. Llegar al lugar ya me pareció una hazaña, e intentar sacar un tubérculo a la luz, una utopía (sencillamente no tenía fuerzas). Pensé entonces, mirando no lejos de mí a unas manos enormes que podían hacerlo: si no podemos producir con nuestras manos lo que consumimos, al menos deberíamos tener presente cuánto cuesta lograrlo, de dónde sale. Y pensé en el niño feliz con su orégano, que ya conoce algunas de las bondades que la tierra ofrenda. Pensaba en la falta que nos hace reconciliarnos con ciertos orígenes, con ciertas alquimias, con leyes de lo natural que serían como antídotos contra el envilecimiento, la soberbia, la ignorancia, y la vida estéril. Pensaba en la posibilidad del triunfo de un espíritu práctico, que no niega la delicadeza, y que nos salva.

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