Ribeteado de leyendas - Opinión

Ribeteado de leyendas

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

El tiempo, en ocasiones, se nos hace corto. Pretendemos hacer mucho y cuando no lo conseguimos, nos quedamos con un sabor a inconformidad que obliga a empezar de nuevo.

Quizá sea porque conocemos historias de otros seres que dejaron un rastro incomparable. Eso siempre me ocurre cuando reflexiono sobre lo que he hecho y cuánto me queda. Realmente, a mis 28 años no tengo mucho que enseñar. Imagino que así piensen muchos jóvenes de mi generación, acostumbrados a medirnos con los grandes héroes de la Revolución.

En cambio, cuando busco en mis raíces encuentro seres excepcionales que, con menos años que yo, vivieron e hicieron sentir al resto intensas jornadas. Y es por eso que trascienden.

Justo cuando el alma se me estruja y echo a volar los más «locos» pensamientos, se me antoja recordar a un hombre que me sedujo por su perfecta sonrisa. ¿Cómo pudo Camilo Cienfuegos, en tan corto tiempo, dejar una huella no solo en quienes lo conocieron, sino entre quienes lo hacemos nuestro a través de la historia?

Y claro, la respuesta es muy sencilla: protagonizó tamañas proezas en la guerra y en la paz… Pero sobre todo fue un héroe desde la esencia criolla del cubano.

Muy fácil es decirlo, pero pocos son los seres a quienes inmortalizan los pueblos, y eso consiguió el Señor de la Vanguardia.

Perdura ribeteado de leyendas en un pequeño pueblo, Yaguajay, que lo hizo suyo aunque no es su hijo natural. Cuando visito cualquier comunidad de ese municipio espirituano siempre escucho un grito: ¡Eso es obra del Comandante Cienfuegos! Y el paso del tiempo desde su muerte me hace dudar. Pero es cierto: «el hombre de mil anécdotas» es amado, venerado… Está presente.

Su compañía perdura más allá de sus hazañas militares. Es símbolo de una muy cubana alegría de vivir.

Las «camiladas» trascienden. El ingenio del Héroe de Yaguajay era único. Sabía matizar hasta los peores infortunios de la vida con ese humor rellollo, con su perspectiva tan única. Nadie se molestaba con sus bromas porque no eran hijas de la maldad. Muchas de ellas conviven hoy entre las más jóvenes generaciones, como nacidas de la espontaneidad. Él era así: exclusivo, completo, increíble…

La presencia de Camilo caló siempre. Impregnó respeto, admiración, amistad, gracia. Arrancó más de un suspiro a las muchachas que corrían a su paso y le tiraban sus cintas de pelo. Y él solo precisó regalar esa perfecta sonrisa y el saludo con brazo extendido al viento para que lo siguieran.

Alguien hace poco me susurró que los jóvenes somos especiales y podemos lograrlo todo. Y no lo dudo. Pero cuando recuerdo a Camilo Cienfuegos sé que aún no tengo mucho que contar…

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