De Conducta y otros estremecimientos

Autor:

Alina Perera Robbio

Al cabo de vencer una larga fila de posibles espectadores, entré a uno de los cines de La Habana para ver el filme Conducta, del realizador cubano Ernesto Daranas. La noticia de que la obra «está buena» —como solemos comentar entre coterráneos— parece haberse corrido como la pólvora, porque la concurrencia a la gran sala está siendo notable.

Antes de darme de bruces con la propuesta —que considero un magistral homenaje a la «fórmula del amor triunfante» de nuestro José Martí—, mi reflexión tuvo que ver con la evidencia derivada de un público muy nutrido y de distintas generaciones: en la Cuba actual somos muchos los que estamos ávidos de meditar, de conversar, de escuchar hablar sobre un tema cardinal que nos desvela, la conducta. Lo otro de lo cual estábamos sedientos —también pensé— era de un filme nuestro que llevara en sí la complejidad, la intensidad y el color de estos días, que estuviese —si de altura espiritual hablamos— a la altura del presente de la Isla.

El filme es una sucesión conmovedora de imágenes habaneras. Es como si sus creadores hubieran concebido, hasta la finura que roza la perfección, frescos donde se nos presenta la vida en fermento, con sus movimientos y roturas. Pero los paisajes han sido concebidos con tanto amor, son continentes de tramas humanas tan marcadas por lo desgarrador y por la esperanza, que resulta difícil quedarse colgado de una grieta en la pared, o de majestuosas arquitecturas vencidas por el tiempo, o de desórdenes o abandonos físicos acumulados como trazas minerales. Lo más valioso de cada escenario —donde por cierto los trenes, signos de la nostalgia, del ir y el venir, conforman exquisitas notas recurrentes— son los protagonistas y esa angustia visceral que implica existir cuando en verdad se repara un poco en el sentido de las cosas.

Se nos plantea un claroscuro que tiene la misma edad de nuestra especie, un contraste que en la hora actual nos está quitando el sueño: la lucha entre el bien y el mal, entre la virtud y su reverso. Es la maestra Carmela invencible en su propósito de sacar a todos sus alumnos hacia delante en la vida, y es la estampa de Chala, un niño que parece no tener oportunidad alguna de salvarse. Es la propuesta de distintos personajes, a través de actuaciones excelentes, llenos de fortalezas y fragilidades (algunos más luminosos que otros, pero ninguno perfecto), batalladores por un espacio de felicidad y dignidad en este mundo.

Conducta tiene un sinfín de parábolas que el público entiende perfectamente, que provoca en él silencios, suspiros, sonrisas, aplausos y asentimientos. El filme es, por ejemplo, una oda hermosísima al valor de la amistad, y una apuesta definitiva al poder restaurativo del afecto. Y es una alerta sobre el daño que nos ha hecho y nos puede seguir haciendo la ignorancia: es tremenda esa escena en que la vieja maestra le dice a una mujer más joven que intenta «enderezar» eventos salidos de control en el ámbito docente, que ella no ha entendido nada. La joven no está movida por la perversidad, pero la ignorancia le impide encontrar soluciones esenciales, verdaderamente humanas. Es peligrosa esa ceguera nacida de no entender las circunstancias; de no entender, a ciencia cierta, de qué se trata cuando lo que está en juego es la vindicación del Hombre.

De tantos estremecimientos, apenas puedo acotar algo: Conducta me desbordó con su belleza y hondura. El día que fui su espectadora, me dije desde la butaca: «Mi hija tiene que ver esto». Llegué a casa sin saber que la adolescente se había ido por su cuenta a otro cine de la ciudad para ver el filme, y al saludarla le comenté suplicante: «Tienes que ver Conducta…». Y ella, en una reacción inmediata, que me sumergió en largo silencio: «Vaya casualidad… Si supieras lo que yo me dije… Que mi madre no podía dejar de ver esta película…».

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