No solo Bárbara…

Autor:

José Aurelio Paz

El cielo, ese lugar intangible e incierto, debe estar de lujo si camino allá va Santiaguito Feliú, quien nos ha sorprendido con este viaje inaudito, tomando como vehículo la expedita vía de un infarto.

Lo conocí en los 80. Coincidíamos en una brigada juvenil de artistas y escritores que se fueron a buscar el tesoro que encerraba la Isla de la Juventud: el público estudiantil de las escuelas en el campo.

El día era una mezcla equilibrada (o desequilibrada por el abundante saoco) de ensayos, bromas e intercambios. La noche, un irse a esos trasatlánticos iluminados, en medio de los naranjales, a llenar jolongos de sueños, versos y canciones, en los muchachos y las muchachas de secundaria.

Después vino el olvido mutuo. Nunca más nos volvimos a ver. Las pocas veces que pasó por la provincia no coincidimos. Y hasta llegué a pensar que se había olvidado de este casi anónimo mortal al que él había bautizado con un mote por la colección de pulóveres color pastel que, entonces, yo tenía.

Muchos años después, exactamente el pasado, una amiga y fan del trovador, Gema, me pidió, en uno de mis viajes a La Habana, que abandonara mi sentido conventual de encierro y me fuera con ella, su esposo y unos amigos al Café Concierto del Teatro Nacional, donde Santiaguito se presentaba al filo de la medianoche.

La tentación de volverlo a ver aunque no se acordara de mí, y su memorable canción Para Bárbara, eran dos saetas exactas clavándome allí, en una mesita cercana al breve escenario, para escuchar al sagrado tartamudo que, al decir de la primera nota, era tocado por el cielo para olvidar esa disnea del habla que lo acompañó siempre.

Encima de todo, como para volverme a mis años de soldado de Servicio Militar, perdido por una zafra también perdida, donde mi arma era el machete y mi enemigo la caña, comenzó a tocar todas aquellas canciones de la década de los 70 con que me fugué tantas veces, espiritualmente, por una de aquellas ventanas del campamento hacia el Festival Internacional de Varadero y canté con Los Mustang o la Massiel.

Revivir esas canciones que marcaban una etapa de mi vida, aderezadas ahora por su roquera voz, fue mezclar el caro vino con una nostalgia incontenible, al punto casi de llorar. Mas, a solo dos mesas de la mía, unos escandalosos bebedores eran lo que llaman «el peo en el concierto de violín». Hablaban alto. El trovador no existía. Para ellos no era el mismísimo Cristo resucitando a Lennon o a Nino Bravo; a Silvio y Pablo, cuando habitaban a la sombra de Haydée…

Molesto pidió silencio en dos ocasiones y, ante lo imposible, abandonó el escenario. Volvió luego, bufando, a terminar el concierto con dos canciones que nos marcaron, para siempre, ese corazón trovadoresco que duplica el del pecho: Vida y canción Para Bárbara.

Terminada la presentación se fue al camerino. Mientras mi amiga y yo bailábamos con los Boney M, sentí que me tocaban en el hombro y me dicen: «¡Aaa-sí que que… el hombre pálido está aaaquí!». Nos fundimos en un abrazo, recordamos aquellos días en que ¡éramos tan jóvenes! Y me dijo apenado y muerto de la risa al oído: «¿Viiisste la peeerreta que armé? Loooos tipos son daaaneses. ¡Por eeeeso hablaaaban, porque nooo saben essspañol ni ni quién carajooo soy yooo!».

Ante la noticia de su imprevisto viaje, hallo explicación a esos movimientos telúricos, tenidos a lugar en estos días; son anuncios de este otro terremoto del alma que nos deja desamparados de su voz, que recuerda sus versos en Desde lejos: Pido pocas cosas, pido tu memoria,/ Que tú me recuerdes de buena manera/ Al pasar los días de mi calendario…, o cuando cantó aquello de que La vida es el milagro,/ sinceramente amado,/ la culpa de morirse/ las mentiras, las verdades/ que nos quedan de este lado… Digo que no solo la Bárbara de su lírica canción está de luto: el diluvio todo es de los que ahora lloramos.

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