El cambio está en nosotros

Autor:

Alina Perera Robbio

Se ha vuelto recurrente entre cubanos, y me incluyo, la idea sobre la necesidad de que Cuba viva cualquiera de sus actuales cambios siempre atenta a la dimensión subjetiva de cada paso. Entre quienes pensamos la Isla, nos gusta hablar de la trascendencia que entraña «conversar» colectivamente sobre las decisiones que se toman; apostar a elementos tan cardinales como el entendimiento, la voluntad, la motivación, los sentimientos, fuerzas de las cuales depende el éxito de todo propósito.

No sin razón solemos señalar a quienes toman decisiones como los máximos responsables de que no se descuide, en cada implementación de una idea, ese universo que tiene en cuenta la naturaleza de los protagonistas: exigimos que en una coyuntura signada por conceptos como la racionalidad, sobre la cual gravitan los ajustes numéricos y los desvelos económicos, no falte el universo tibio y nunca lineal de lo que mueve o no a la gente, de lo que las realiza, paraliza o inspira.

Sentí hace unos días que me habían dado un tirón de neuronas cuando, en un encuentro utilísimo sobre la vida de José Martí, donde un prestigioso pensador cubano compartió una conferencia estremecedora, fue interrogado por más de un participante —estuve entre quienes no pudieron sofocar los impulsos de hacer la pregunta— acerca del valor de atender «lo subjetivo» en medio de los cambios que experimenta el escenario económico y social del país.

El primer concepto incluido en la andanada de magníficas y breves respuestas fue el de no olvidar que incluso la directiva económica más fría está permeada por lo subjetivo. Pero habiendo entendido muy bien las intenciones de lo que se le preguntaba, el ponente alertó a todos sobre la importancia de no sentarnos a esperar por que ese espíritu de auscultar delicadamente la dimensión subjetiva de las cosas caiga del cielo: es un enfoque, una mirada, un sentido de la vida que hay que ir imponiendo día tras día, aun cuando advirtamos, en realidades estructurales y funcionales de la sociedad, ciertas dinámicas que nos desborden, nos abrumen y hasta nos hagan sentir incapaces de promover o de protagonizar cualquier transformación.

La subjetividad —es obvio pero muchas veces lo olvidamos—empieza en nosotros, y la lucha por no ignorarla se da hasta en el terreno difícil, sutil y esclavizante del lenguaje. Es preciso aclarar las ideas, llenar con precisión las palabras, para luego aprovechar cada espacio de interacción, de participación, y así mover voluntades en las rutas y sentidos que nos interesan. El cambio de mentalidad, por ejemplo, no será algo que descienda como una directiva más, sino una revolución muy compleja, muchas veces imperceptible, que se dé «de arriba hacia abajo», y viceversa.

Sobre esto último, alguien podrá decirme que una sola golondrina no hace primavera, pero la vida me ha demostrado que cuando varias voluntades se unen en una misma dirección (ya sea dentro de una familia, o de un ámbito comunitario, o de un cónclave social), se convierten en una propuesta atendible, que puede llevar a realidades nuevas.

Algunos se preguntan si habrá o no un «gran plan» a partir de los Lineamientos Económicos y Sociales aprobados durante el VI Congreso del Partido Comunista; otros denominan «la hora cero» al momento en que desaparezca la dualidad monetaria (como si eso no fuera un proceso que implica varios momentos). Lo cierto es que solemos reducir la enorme realidad en que estamos respirando a clichés que podrían desconectarnos, porque nos ofrecen la sensación de que no hay nada, o muy poco, que hacer. Y sí, puede hacerse mucho desde el espacio que cada quien ocupa; pueden moverse un montón de límites una vez concertados los anhelos; pueden operarse muchos pequeños cambios que conlleven a transformaciones de mayor magnitud. Pero para eso hay que prepararse, trabajar a conciencia, ponerle inteligencia a los sentimientos y al revés, enfocar bien el horizonte en pos del cual nos interesa movernos, saber qué color y sentido tendrá cada cambio. «¿Cambiar?: sí, pero… ¿para qué?», como ha dicho una gran profesora.

El recurso del método casi siempre será la vida misma (el mundo con su suma y resta —como diría José Mujica, presidente de Uruguay y gran pensador—); y hay que ir haciendo encajar lo estipulado, o lo que está por diseñarse, de forma que la existencia pueda ser más plena. Todo esto —quién lo negaría— es subjetividad, y es cierto que no nos caerá del cielo: está entre nosotros mismos. Lo que hace falta es levantarla, subrayarla, darle uso permanente y apasionado, lo cual implicará grandes esfuerzos, caídas, recaídas y reintentos. Solo así sentiremos que el proyecto de país es asunto nuestro, y que si algo nos tiene inconformes, así parezca haber sido diseñado en el más allá, tenemos el derecho, y también la responsabilidad, de convertirlo en una idea mejor.

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