Mi primera novatada* - Opinión

Mi primera novatada*

Autor:

José Alejandro Rodríguez

El periodista siempre paga la novatada; porque su materia prima es lo inesperado, para lo cual no hay fórmulas como dogmas. Al menos así lo percibe este redactor que, de retorno por caminos andados, se considera un aprendiz de la profesión y de la vida.

He pagado la novatada muchas veces. Pero hoy abordaré mi siempre virginal talante ante los viajes y coberturas en el exterior, eso que llaman «fasten», y que produce cierto trastocamiento, al punto de desordenarlo todo desde que abordas un avión hacia sitios lejanos.

La primera vez que viajé al extranjero como periodista fue en 1978, con solo 25 años. Laboraba en el periódico Trabajadores, y la dirección me seleccionó para participar, junto al colega Juan Dufflar, en un Encuentro de Periódicos Sindicales de los Países Socialistas.

Entonces, Ernesto Vera, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, aprovechó nuestra misión para cumplir dos invitaciones de las respectivas organizaciones gremiales, con las cuales nuestra Unión tenía viajes de intercambio: desde Moscú, al final del encuentro, Dufflar fue a Vietnam, y el joven e indocumentado que era yo, a Mongolia.

En Moscú, el agregado de prensa de la Embajada cubana debió avisar a Ulan Bator la hora de llegada de mi vuelo. Lo cierto es que tras un largo viaje, con dos escalas en Siberia, arribé a Mongolia. Y cuando se abrieron las puertas de la nave, me invadió un denso olor a sebo, que no me abandonaría durante mi estancia allí.

No había descendido aún la escalerilla, entre pasajeros de facciones mongolas y caucásicas (soviéticos), cuando mi talante cubano hizo gritar desde la pista a un atildado traductor:

—Compañelo, ¿usted es el visitante cubano?

Asentí. Y al momento, el traductor me presentaba a un funcionario que, de tan rajados sus ojos, parecía que dormía de pie. Tras el saludo protocolar y las preguntas sobre el trayecto, se acercaron a saludarme, allí mismo en la pista, el embajador de Cuba en Mongolia, Ricardo Danza, y el Consejero político. ¿Qué tal? ¿Cómo hiciste el viaje?… Más tarde, diles que te lleven por la Embajada para conversar… Yo sí notaba cierto asombro en la mirada del Embajador, que se posaba en mi melena hirsuta.

De súbito, una limosina a mis pies. Y los anfitriones mongoles me convidaron a montarme. Pregunté por mi equipaje, una de esas maleticas de cartón forrada de vinil que vendían en la Tienda Internacional de Galiano a todo el que viajaba. Y el traductor me respondió:

—No se pleocupe, ya se oldenó lecogel su equipaje. Viene en otlo vehículo…

Ahí comenzó el enigma. Mis primeras palabras de cumplido fueron para saludar, en nombre de Ernesto Vera, al homólogo de la Unión de Periodistas Mongoles, cuyo apellido me sonaba a algo así como Choibalsan. Y rogué que incluyeran en el programa, si fuera posible, el viaje al inevitable Desierto de Gobi, de acuerdo con las sugerencias que me hizo Vera, entre consejos de cómo comportarme.

El funcionario no decía ni esta boca es mía. Solo movía ligeramente la cabeza, con esos ojos entrecerrados que eran serias compuertas a la comunicación. Sus únicas palabras en el trayecto fueron para preguntarme sobre el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebraba por esos días en La Habana, y sobre Fidel.

Ladeamos la ciudad y concluimos en un sitio paradisíaco, sobre unas colinas pobladas de pinares, con casas inmensas de ladrillo rojo, ventanas de cristal con cortinas delicadas y chimeneas humeando. Verdaderos remedos de la fantasía infantil de Hansel y Gretel.

Se cruzó con nuestra limosina otra con la bandera de Japón. Y ya cuando llegué a «mi» casa de Hansel y Gretel con dos pisos, empleomanía, recámara superior alfombrada y cama con dosel de mosquiteros finos que se balanceaban al viento, confirmé que estaba en un sitio muy especial y refinado. Conclusión: desde que pisé tierra me estaban dando un tratamiento desbordado para mi categoría y edad.

Luego del almuerzo —bolas de sebo nadando en un caldo que nunca olvidaré—, el funcionario y el traductor me condujeron en la limosina a la Embajada cubana, con la promesa de que más tarde me recogerían.

Ya en el despacho de Ricardo Danza, le pregunté si había recibido el télex del arribo del periodista de Trabajadores. ¿Trabajadores?, respondió asombrado. Y cuando le insistí en que era el periodista, comenzó a reírse y a llamar al resto del personal de la sede. Todos reían como si estuvieran frente a un bicho raro, hasta que se desenredó la madeja del enigma. Entonces, muy lejos de la celeridad tecnológica de hoy, lo único que habían recibido era un mensaje de que llegaba una delegación del Partido Comunista de Cuba, integrada por un alto dirigente del mismo en la provincia de Santiago de Cuba.

Ricardo Danza reía y espetaba:

—Ya decía yo que tú no das un dirigente del Partido, confesaba mirando mi discreta melena… ¿Y dónde te hospedaron?, preguntó. Cuando describí el paraje, reían más: ¡Cielito Lindo!, así llamaban los cubanos a la zona de protocolo donde se hospedaban visitantes ilustres, de alto nivel.

El equívoco me prodigó toda la simpatía de esos diplomáticos. Hubo hasta brindis. A esa hora, yo estaba preocupado por mis anfitriones de la Unión de Periodistas Mongoles, que no aparecían. Y los de la Embajada me decían, riendo: Tranquilo, ya verás…

De súbito, llegó la limosina, sin el funcionario y el traductor. El chofer tocó el timbre, y entregó a un empleado de la Embajada mi maletica de madera cubierta de vinil. Y no más se fue la limosina, arribó un auto Volga ruidoso y renqueante, con un funcionario de la Unión de Periodistas Mongoles y la traductora que me acompañaría en mi periplo por la solitaria Mongolia. Todo era excusas: que desde la terraza del aeropuerto me identificaron, pero al verme montar en la limosina, ya nada podían hacer.

Al final de la tarde, ya los de la Unión de Periodistas Mongoles habían realizado un acto de justicia: me llevaron al sitio que me merecía, un solariego albergue de los Sindicatos Mongoles, sin calefacción ni calentador en días de mucho frío. Un comedor como los de los centros de trabajo de Cuba. Y lo más exótico: compartía la habitación de seis literas con nueve gordos mongoles, escandalosos e incontinentes verbales, que intentaban a toda hora comunicarse conmigo mediante señas.

Mi primer día en Ulan Bator, transité de las paradisíacas «alturas» de Cielito Lindo a los bajíos estentóreos de aquel socialismo real. Y me convencí de que cada quien tiene su lugar en este mundo, a su manera.

*Crónica premiada en el concurso ¡Y... pagué la novatada!, convocado por la UPEC

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