La responsabilidad de un apellido

Autor:

Mayra García Cardentey

De Gerardo Medina Cardentey todavía sé poco: que izó la bandera de la lucha revolucionaria en la gesta del 13 de marzo, que tenía casi mi misma edad cuando murió por el ideal libertario y que compartimos más que un apellido, pues somos parientes del mismo árbol genealógico.

Pero me gustaría saber más del primo Gerardo, siento que le debo eso. Los libros hacen de él una reseña bien simple: nació en 1931 en Pinar del Río y con solo 21 años le declaró la guerra a muerte, literalmente hablando, a la dictadura que a finales de los años 50 padecía el pueblo cubano.

También indican los textos que Medinita, como cariñosamente le decían, participó en cuanta manifestación de repudio al régimen batistiano se organizó en la provincia, desde las aulas de la Escuela Profesional de Comercio hasta el Instituto de Segunda Enseñanza.

Lo reseñan igualmente los historiadores como uno de los tantos jóvenes de la época que se inspiró, como asiduo lector, en los textos de José Martí. Fue uno de los miembros, desde 1952, del grupo de acción dirigido por Menelao Mora Morales; ingresó al Directorio Revolucionario; participó en 1956 en el trasiego de armas del puerto de La Coloma a La Habana; fungió como jefe del Movimiento Estudiantil Revolucionario en Pinar del Río y dirigió una célula en el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo.

Eso es lo que dicen los investigadores, los libros, las reseñas históricas. En casa, desde chica, me contaron de un Gerardo que era magnífico tirador, serio de carácter y jovial de trato.

Me parece estar viviendo aún aquellos encuentros con su hermana Antonia (Toña), en los cuales me relataba, allá en su casa natal en calle Virtudes final, la esencia de la vida de un joven genuinamente revolucionario.

Todavía me parece escuchar las historias del abuelo Giraldo Ramón Cardentey, cuando contaba cómo el joven entró a trabajar junto a él como dependiente en el hotel El Globo. Sus habitaciones acogían las reuniones de los conspiradores, y la señal de entrada eran los colores de la corbata de Medinita.

Luego en la clandestinidad, poco supo la familia de él, pero el 13 de marzo de 1957 el tío Cardentey presintió que por allá, por la capital, andaban los pasos del sobrino.

«Vamos para La Habana, que Gerardo debe estar en lo del asalto», rememoran que dijo. Ya para esas horas había muerto, y la guardia batistiana se negó a entregar los cadáveres.

Hay detalles que todavía están cubiertos por la bruma del enigma, pero algunas historia familiares especifican que gracias a contactos masones se logró rescatar el cuerpo de Medinita y de otros compañeros, y brindarle merecido descanso en suelo pinareño.

En la actualidad todavía quedamos muchos Cardentey. Y miro su retrato y descubro el blanquísimo legado de un apellido, los gestos del cejo fruncido, la castaña cabellera, los ojos de color café. Advierto a mi familia en él, sobre todo veo a mi tío en él, por el parecido y similar aire, y hasta me descubro también en esos pequeños trazos de cromosomas.

Decía Medinita en una carta, considerada su testamento político y descubierta tiempo después de su muerte en la caja fuerte del hotel El Globo: «Quizá de todos los caminos de la vida haya emprendido el más difícil, el de humanista, el de sentir el dolor ajeno, la injusticia con el semejante… No me importa lo que pueda pasarme: la muerte no es más que una manera de seguir viviendo…».

Hoy miro su retrato colocado en algunos espacios, su nombre rubricado en escuelas y fábricas. También la calle donde radica la casa del patronato familiar lleva su nombre. Aun así, yo, prima segunda, todavía creo que sé poco de Gerardo Medina Cardentey. Mientras, en lo que saldo esa deuda, cada vez que escribo, cada vez que signo mis apellidos, tengo la sensación de que parte de él va conmigo.

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