La inteligencia colectiva

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Por mucho que los años nos empujen hacia adelante y se amontonen a nuestras espaldas, sorprende que siga intacto el buen gusto por el aula. Uno se da cuenta de que, aunque transitorias, las vueltas a ese espacio pródigo siguen dejando las mejores impresiones.

Claro que volver, ya más crecidos y entre compromisos de todo tipo, siempre supone alguna fórmula para contrarrestar, de cierto modo, las nostalgias por el divertimento despreocupado de otros períodos.

Y si gente de ese tiempo, para mayor suerte, coincide contigo, se sienta en la mesa de al lado y de vez en cuando te invita al repaso, se hace inevitable ir y venir para tornar más agudas y útiles nuestras miradas al presente, a una sociedad que sin dejar de ser la misma en su matriz, no es igual que diez años atrás, cuando acabaron sus estudios de bachillerato tres villaclareños que, contentos, ahora se han reencontrado como parte de un diplomado que conduce por los amplísimos y complejos derroteros de la administración pública cubana en tiempos de cambio.

Alegría y eventualidad aparte, lo más sugestivo de vernos de nuevo, una vez que reparamos con jocosidad en las canas que nos han salido y la escasez temprana de pelo, ha sido la intención de sentirnos convencidos de nuestro tránsito inquieto por el mismo rumbo en esencias, y de aportarnos, unos a los otros, con visiones y saberes diferentes, ya más allá de la Matemática, la Química o la Física que nos impartieron casi por igual.

Y al no estar solos y acunarnos a cada rato en la experiencia de vida de casi una treintena de profesionales con formaciones y trayectorias bien diversas, de los que emana con nervio el relato de lo vivido antes de que nosotros naciéramos, uno sigue descubriendo coordenadas que ayudan a entender mejor las continuidades y rupturas en los procesos, los baluartes y las tanteadas agonías en la construcción de un proyecto de país que reconoce al hombre como su columna transversal y fin en sí mismo, los contrafuertes de una única historia en sus múltiples condicionamientos, traspasando ese hábito descriptivo de lo hechológico que solo tributan las distancias más estrictas.

Desde hace días, estar otra vez entre pizarrones y horarios de clase, me ha motivado a compartir algunas certezas que se han reafirmado por sí solas, en la misma medida en que uno ha visto que el conocimiento, como definiera Sócrates, se va aupando de la virtud y el ejemplo en terrenos concretos, alejado de postraciones teóricas y susceptible de que todo se debata a fondo y se contradiga desde las lógicas posibles.

Se construye mejor cuando a los hechos sociales se les da sentido haciendo uso de la inteligencia colectiva, alentando discrepancias multiplicadoras, implicando la verdad de todos por muy relativa que resulte. Y es esa una de las provocaciones más llamativas a la Cuba de hoy, y especialmente a nuestro sistema de enseñanza, a la familia y a los medios, garantes todos de hacer comprender el porqué de una actualización que rebasa la dimensión económica y conlleva planteos más integrales entre concepto y práctica, en una relación que vaya y venga, en la que dialogue la experiencia personal con el funcionamiento de la sociedad, en el que se erija el juicio en torno a nuestra realidad sobre un cuerpo plural sin compartimentos estancos.

La historia no va por un lado y la economía por otro. La cultura no anda divorciada de la política, como tampoco están al margen los accidentes geográficos, los recursos naturales, las tradiciones idiosincráticas, el desarrollo tecnológico y las veleidades en los precios del mercado de la esquina. La información como bien público no concierne solo a periodistas y a comunicadores institucionales. La dialéctica, como concepto activo, no se hizo para que viviera la siesta en los libros de Filosofía.

Si bien la división social del trabajo, desde la propia descomposición de la comunidad primitiva, condujo de modo paulatino a una especialización de las labores, acentuada  con el desarrollo de la ciencia y la técnica, es oportuno velar porque el exclusivismo de funciones, tanto en lo personal como a nivel de institución, no distorsione la capacidad innata al ser humano de comprenderse mejor, mientras más se aventura a saber por él y junto a los demás.

Hay que evitar los endogenismos, como catalogara en una ocasión a esas aptitudes el gran intelectual cubano Alfredo Guevara. Y toca hacerlo, sin creer que nos las sabemos todas, sin considerarnos sustancias puras que no necesitan mezclarse  en esta interesante alquimia social.

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