Amistad también se escribe con b

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Me cuesta creerlo. La distancia creció entre mi mejor amigo y yo. Hasta hace unos días, nos separaban unos cuantos kilómetros de un municipio a otro y los acortábamos a diario, una o varias veces, gracias al genial invento de Graham Bell.

Siempre fue así, desde que hace 14 años nos conocimos en la vocacional y los fines de semana siempre había algo que decirnos, que no podía esperar al regreso del pase. Esas largas e intensas conversaciones telefónicas suplieron la carencia de no tenernos físicamente cada vez que lo quisiéramos, y no faltaron para compartir un chiste, recordar que «la película que quieres ver ya va a empezar», «¿cómo está tu abuela», «me hace falta contarte algo», «dame un consejo», o simplemente para «Chuchi, ¡qué tal!, ¿cómo va la cosa?».

Ojalá la memoria no se me quedara con algunos espacios vacíos y pudiera acordarme de todas las artimañas que creó para hacerme entender aquella terrible Física que durante décimo, onceno y duodécimo grados fue mi mayor pesadilla. Pudiera entonces recordar también la fecha de aquel día en el que decidió no dejar que otros del aula leyeran mi diario, olvidado por mí en el gavetero de mi mesa, y la de la tarde aquella en la que hicimos una gran promesa que justo cuando cumplamos 30 años florecerá o reposará eternamente.

Luego, con bata blanca y estetoscopio, pensamos que compartiríamos todavía mucho más, pero yo corrí hacia el periodismo un año después y por eso fue desde entonces el médico que toda mi familia quiso tener.

Cada cual siguió con su vida y para no sentirnos lejos, las llamadas nunca faltaron, y el «estoy aquí, cuenta conmigo». Las verdades más hondas, los secretos más ocultos, las alegrías más sublimes… Todo fue compartido y lo que no se decía, se sabía, porque con el tiempo, ¿qué no iba a saberse?

«La verdadera amistad no se trata de ser inseparables, sino de poder estar separados sin que nada cambie»… Así escribió alguien en su muro de Facebook hace poco y mis ojos se desbordaron, porque aunque hoy soy un poco más fuerte que ayer, se estremece mi sensibilidad al reparar en que gozo del gran privilegio de tener un amigo de verdad.

¿Cuántos pueden decir lo mismo? ¿Cuántas personas pueden, incluso, iniciar un debate sobre la valía desinteresada de una amistad entre un hombre y una mujer? ¿Acaso alguien puede decirme si no se percató un día de que lo que llamaba amistad no era tal? ¿No tiene usted un amigo o amiga con el que no habla hace tiempo, pero está convencido de que le tenderá la mano cuando haga falta? Cuando una amistad tiene los cimientos bien puestos, como dice mi amiga Diany, no importa que pasen los años, pues al volvernos a ver puede parecer que fue ayer, o mañana.

Jabier, mi amigo, va a estar bien. No importa que el corrector ortográfico de Word me coloque la v en el lugar de la b o que él siempre haya tenido que aclararlo, pues para mí el vocablo amistad también lleva esa letra desde que lo conocí. Yo también estaré bien porque cuento con alguien tan único como su nombre, esté donde esté. ¿Que no debe dejarse de la mano? Es verdad. Sucede como con el amor, que hay que batirlo cual merengue que puede cortarse, como me han explicado más de una vez.

Pero ya no quiero calcular millas ni kilómetros, no quiero sacar cuentas entre paralelos y meridianos. Me basta con saber que la distancia física entre los dos creció y que, aunque tenemos que adaptarnos a ello, con nosotros explotó el «amistómetro» (si existiera un aparato para medir la intensidad de una relación amistosa, tal vez se llamara así).

Yo coloco una b en esta palabra y supongo que cada cual pueda colocar la que tenga cerca, si es de verdad.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.