Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La oferta hipócrita

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Moralmente hablando, ¿se puede brindar un buen servicio cometiendo una ilegalidad? ¿Podría aceptarse como bueno el desempeño de una entidad cuando se adulteran los precios y el producto, y así sus empleados obtienen mayores dividendos a costa de esa célula básica de la economía que es el cliente?

Por supuesto, la respuesta es no. Sin embargo, la realidad indica lo contrario cuando el consumidor detecta los gramos escamoteados en el pesaje de sus productos. O al ofertársele un artículo de pésima calidad, vendido como de primera. O, por citar otro caso, cuando las bolsas con galletas dulces o saladas son abiertas con una precisión quirúrgica para sustraerles ciertas cantidades del alimento y conformar otras bolsas, que serán vendidas «oficialmente» aunque el ingreso tendrá otros destinos.

A estos ejemplos cualquier inspector o auditor de verificaciones fiscales les pudiera añadir otros, hasta conformar un amplio catálogo, todos condenables. Pero de tan extendidas y persistentes, esas tropelías han terminado por aceptarse como cotidianas y casi normales. La muestra está en un hecho. De las personas que salen de un mercado, ¿cuántas lo hacen con la certeza de que el producto adquirido —llámese picadillo, pollo, carne de cerdo o arroz— no posee el peso que realmente pidieron?

De seguro, al plantearles la pregunta, muchos ciudadanos tendrán la certeza de que dieron dinero por encima de lo comprado. O para decirlo de modo directo: fueron estafados y no reclamaron porque estiman que no tendría sentido. «¿Para qué, si todo se mantendrá igual? Nadie tomará una medida o, si se hace, al poquito tiempo continuará el problema», se podrá oír.

Y esa realidad, sustentada en el desánimo ante una constante desprotección al consumidor, es uno de los nudos que deberán desatarse en medio del esfuerzo por actualizar el modelo económico y dotar a la sociedad de una base productiva que realmente garantice un verdadero bienestar espiritual.

Hoy ese conflicto adquiere relevancia cuando determinadas formas comerciales —como la venta de productos en los mercados agropecuarios o la de alimentos a la población en establecimientos del Comercio Interior— pasan al principio de oferta y demanda, a fin de comercializar con mayor autonomía y obtener beneficios que hagan sostenible la gestión económica de esas entidades.

Solo que en la práctica hay falta de acciones concretas y firmes que regulen la actividad comercial para que esta sea honesta ante la población. En consecuencia, se venden alimentos con pesas en mal estado, desajustadas con intencionalidad. O productos del campo que debieran tener un precio menor por su baja calidad, son ofertados como de primera, pese a que se diga lo contrario en los papeles.

A ello se le añadirían manifestaciones de especulación y acaparamiento. Es el caso, presenciado por este escribidor, de cómo una persona parqueó su auto ante un punto de Comercio Interior y ante los ojos atónitos de los demás clientes compró los últimos 300 paquetes de galleticas dulces al precio de cinco pesos en CUP. A menos que quisiera «disfrutar» de una indigestión, a todas luces esa compra no era para el consumo del hogar, sino para revender. Lo otro vino después, cuando la administración encogió los hombros ante las protestas del público. «Ustedes tienen razón —dijeron—, pero esto es oferta y demanda».

Con esos truenos y sin las regulaciones pertinentes, los grandes ganadores son aquellos pillos ubicados detrás del mostrador, que adulteran el costo real del producto en detrimento del bolsillo de los ciudadanos y terminan por convertir la oferta en una hipocresía.

Siguiendo con los cuestionamientos éticos, la otra pregunta que uno debe hacerse es cuánto esas acciones restringen la capacidad adquisitiva de la población y golpean a la economía al dañar la posibilidad de crecimiento de su consumo interno. Y aquí volvemos a un viejo principio, sustentado en el ideario de Félix Varela y José de la Luz y Caballero, refrendado por José Martí y reiterado por el maestro Cintio Vitier en su libro Ese sol del mundo moral: la verdadera riqueza no es la que emana de los egoísmos, sino del trabajo honesto y de la solidaridad entre los hombres y mujeres de una nación.

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