¿A pesar de ser joven?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

¿La juventud es ventaja o limitación? ¿Se promueve la edad o el talento? ¿Los impulsos noveles se animan o se regulan? ¿Renovar con riesgo lo que no sirve o mantener por comodidad lo que funciona a medias? ¿La responsabilidad tiene edad? ¿Pueden más las ganas que la experiencia? ¿Están estos dos sentimientos ligados a los años?

Esto no es una elegía, reza una canción de Silvio. Hago mía la frase de este título para dejar claro que no lloraré por los nuevos ni la emprenderé contra los de más edad, o viceversa. Porque en esta categoría simbólica de ancianos me uno a mi Apóstol: no hay más viejos que los egoístas.

Defiendo que casi inexpertos o dominados ciegamente por el ímpetu, no podemos avanzar solos. Pero tampoco podemos lograrlo desde el cansancio y la desidia que a veces se apoderan de las formas de hacer luego de tantas horas dedicadas a algo. Hay una combinación extraña y a la vez fructífera entre la sabiduría cuidadosa y las ansias desenfrenadas. Porque dijo el profesor Manuel Calviño que solos llegamos más rápido, pero juntos vamos más lejos.

Muchas veces se observa a los y las jóvenes con lupa exagerada, desconfiada y conservadora. ¿Por qué colocar detrás de un elogio a un bisoño, la pésima apostilla: «Ha llevado adelante… de modo satisfactorio, a pesar de su juventud…»? Como si pocos abriles denotaran defecto o limitación que impide realizar algo con potencia y lucidez.

Sabemos que de jóvenes nació la verdadera Cuba. Dijo Melba Hernández que confiaba en ellos como en sí misma. Con total conocimiento de causa habló esta heroína, consciente de que eran muy jóvenes quienes, antes de 1959, dotaron de sentido a un país al levantarse contra la injusticia con pleno saber de lo que traería consigo esta rebelión.

Si bien es cierto que se requiere equilibrio entre la pasión y el análisis, esto no significa que el segundo aniquile cualquier libertad arriesgada de la primera.

Existen personas a las que la mirada nunca se les nubla porque han descubierto ese límite entre hacer y dejar hacer, e incitan a trabajar en lo que será más provechosa la fuerza de un muchacho. Han aprendido a regalar ideas y enseñanzas.

También conviven «jóvenes» que no pueden ocultar su vejez. Que transitan el camino trazado por alguien a quien le dio resultado andar así. Esos tampoco gozan de juventud, aunque su carné de identidad muestre lo contrario. Se les distingue por el hacer en función de intereses y no de gustos, por el modo de avizorar daños antes de obrar.

Y no es que haya que lanzarse como un colegial, no hay que jugarse la vida ni poner en la cuerda floja a los que están alrededor, pero la lucha fructífera entre riesgo y certeza es provechosa para cualquier proyecto.

Hay paradigmas que se necesitan cerca para cultivar una visión más sabia del asunto. Pero ¡cuidado! Sabiduría no quiere decir conservadurismo. Quienes tienen a los más jóvenes a su lado deben poseer intuición para encauzar ese ánimo sin mutilarlo ni endilgarle ideas que esgriman como propias con la falsedad de lo que no se aprehende.

¿Por qué no depositar en un pupilo la inquietud por ese sueño que se atragantó por falta de tiempo, dedicación o aptitud? Aquellos que lo toman todo para sí y temen compartir las ideas y las fuerzas, se apagan y reducen a la más desgastada soledad. Pierden la oportunidad de apoyar el crecimiento de un fruto junto al que también renovarse.

Dijo Mella que el entusiasmo no tiene canas. Puede verse en algunos que se juegan el alma en una decisión, con tal de llegar a resultados diferentes, con tal de evolucionar. Yo diría, para reforzar mi comparación —que en realidad no compara sino intenta unir—, que tampoco necesitan tales cabellos blancos. Porque hay verdades tan grandes que no pueden reducirse a una simple resta del año en que se nació y el actual. El que no ponga el alma de raíz se seca, escribió Dulce María Loynaz. Al corazón se le han de poner alas, no anclas, dictó nuestro José Martí. Esas ideas valen para cualquier edad, pues la estadística de los años vividos no puede medir las virtudes reales.

Porque en esta viña hay de todo. Está el joven talentoso que no acepta dirigir. El de más kilómetros recorridos, que posee las cualidades necesarias, pero se aleja de responsabilidades escudándose en su perfecta rutina. Los muchachos «lanzados al estrellato» aunque no estén listos. Los que pudieran convertir su experiencia en mejores resultados, y no se arriesgan.

Ninguna de esas aberraciones puede convertirse en mayoría. Ni a pesar de su juventud… ni a pesar de su vejez… Y aunque el tema tiene más aristas y contextos, aunque puede llevarse a los hogares, las familias, los grupos de amigos, y a los centros de trabajo o estudio… mejor llegar hasta aquí. Porque ¡soy tan joven!

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