Música que va por dentro

Autor:

Marianela Martín González

Resuenan en mi memoria como dulces acordes musicales las palabras humildes de John Jairo Ramos, a quien conocí en diciembre pasado mientras desandaba las calles del Guasmo guayaquileño, en Ecuador.

John es un afrodescendiente colombiano que partió de su ciudad natal, en Buenaventura, escuchando el latido de su vocación por la Medicina. Amigos que compartían el mismo deseo lo ilusionaron con que en Ecuador la carrera era menos costosa, y hasta allá marchó con más esperanzas que equipaje.

Ecuador le abrió sus brazos, pero John ha tenido que posponer su mejor sueño: hacerse médico es difícil en cualquier parte del mundo si se vive únicamente con un salario.

Ahora John tiene 34 años de edad, pero al marcharse de Colombia acababa de cumplir los 21. Dejar atrás lo más entrañable le fue tan doloroso como arrancar la venda de una herida, como él mismo describe. Allí dejó a sus padres, amigos y al amor de la infancia, el único hasta entonces.

Aunque John se había graduado de Bachiller en Ciencias del Mar, aquella zona (la de mayor importancia portuaria de Colombia) no le había reservado ningún guiño amigable; tan solo le mostraba la ponzoña del sicariato que empezaba a herir mortalmente a aquel pueblo bañado por el mar Pacífico, al que los narcos consideran ruta diseñada exclusivamente para el trasiego de drogas.

Después de trabajar como maestro de Ciencias Naturales durante algún tiempo, en 2012 se unió a cientos de ecuatorianos para trabajar en Guayaquil con los técnicos del Grupo Empresarial cubano Labiofam, en un programa destinado a la erradicación del vector que transmite enfermedades como el dengue.

Más de ocho horas diarias dedica a convencer a los moradores para que abran las puertas de sus casas en Guasmo.

Este esfuerzo, que le ha valido la admiración de sus compañeros, es para él la manera de alimentar su vocación sempiterna de salvar vidas. Y es también un modo de retribuir al Gobierno de Ecuador por acogerlo y ofrecerle trabajo.

Cuando supe que John trabaja voluntariamente los fines de semana para revisar las casas que permanecieron cerradas, le comenté que leí que un hombre ocupado jamás estará enamorado a no ser de su oficio; y refuta el supuesto mostrándome una foto donde aparece abrazado a una india ecuatoriana que lleva a una criatura de rarísima belleza en sus brazos. «Ellos dos lograron anclarme en el centro del mundo», me dice emocionado.

Y habla de sus padres con nostalgia. A ellos no los ha vuelto a ver, porque el pasaje a Colombia equivale a lo que necesita para alimentar a su hijo cada mes, aunque aseguró que está reuniendo para llevar al pequeño Elías Daniel a conocer a los abuelos antes de que se vuelva grande.

Será un viaje de ida y vuelta.

Hablamos de la felicidad, y advierte que alcanzar esa condición es un deber más que un derecho, porque los infelices pueden hacer sufrir mucho a los demás con sus lamentos y tristezas, además de que sus malas energías enrarecen cada lugar donde aparecen, casi siempre como sombras.

El desagradecido jamás termina gozando absolutamente nada porque cree que se merece más —asegura John—, y añade con vehemencia que su amor por Ecuador nace de la gratitud, al igual que la admiración que siente por Cuba, pues los técnicos de la Isla le han enseñado a trabajar y le han restaurado su amor por la Medicina.

John evoca nostálgico a su coterráneo Mesé Figueredo, a quien popularmente llamaban el mago del arpa, un invitado permanente en toda fiesta que se respetara en el llano colombiano.

Una noche Mesé fue asaltado cuando iba a lomo de mula para una boda. Cuando alguien lo encontró más muerto que vivo, dijo con voz de moribundo que le habían llevado la mula y hasta el arpa. Pero con voz enaltecida aclaró que no se llevaron la música.

Tampoco la música de John ha sido robada. Sus mensajes son pentagramas salvadores cada vez que en el Guasmo guayaquileño le abren las puertas de los hogares. Su melodía es la esperanza de poder venir a Cuba para graduarse como médico y especializarse en Traumatología, que es su especialidad favorita.

Para mantener vivo ese concierto que lo anima, John permanece cerca de muchos cubanos y ecuatorianos que como él creen en el valor de ciertas cosas que no se ven, que son indestructibles y que llevan sobre sí la salvación de este mundo.

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