Cómo vivir bajo el agua

Autor:

Patricia Cáceres

Su apariencia es la de un búnker cilíndrico de acero amarillo, muy parecido a un autobús escolar. Mide apenas 13  metros de longitud y unos tres de diámetro. En su interior, las personas deben comer por turnos y apiñarse para pasar por los estrechos pasillos. El agua caliente es limitada, la intimidad del baño depende de una pequeña cortina, y la comida es en su mayoría congelada.

Así es la vida en el interior de Aquarius, el mayor laboratorio submarino del mundo para la investigación oceánica, que pertenece al Instituto Nacional Oceánico y Atmosférico Estadounidense (NOAA, por sus siglas en inglés). Se ubica a 19,2 metros de profundidad en las costas de La Florida.

Fue inaugurado en 1993, para estudiar cómo los cambios globales, entre estos la sobrepesca y el cambio climático, afectan la salud de los arrecifes de coral y del océano en general.

Además, ha servido de apoyo para la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) en programas de entrenamiento para caminatas espaciales y trabajo en entornos hostiles, con los que se prueban los equipos y se ensayan procedimientos de cara a futuras misiones en asteroides y planetas.

«La inmersión en el agua es la mejor simulación de la ingravidez que podemos hacer en la Tierra durante varias horas, que es lo que duran las actividades fuera de la nave», explicó al diario El Mundo el entrenador de astronautas Herve Stevenin, de la Agencia Espacial Europea (ESA).

Aquarius ha apoyado la realización de 114 misiones y la publicación de más de 550 trabajos científicos, que incluyen artículos especializados y programas educativos. El tiempo máximo que han permanecido sumergidos los especialistas es de 14 días.

El laboratorio submarino se encuentra anclado en el fondo del mar, con ocho ventanas y compartimentos presurizados. Dispone también de una plataforma de observación del océano (que transmite en vivo en Internet de forma permanente), y una estación de trabajo en tierra. Los científicos pueden llevar a cabo investigaciones, estudios, pruebas y experimentos bajo el agua durante las 24 horas del día.

En carne viva

Fabien Cousteau, nieto del fallecido oceanógrafo francés Jacques Cousteau, pionero en la exploración submarina, participará a partir del 1ro. de junio en la llamada Mission 31, que consistirá en permanecer 31 días en Aquarius, publicó la agencia EFE.

Su objetivo es estudiar los efectos del cambio climático y de la acidificación que sufren los océanos, además de la polución en las aguas marinas, la sobreexplotación de los recursos pesqueros y el declinar de la biodiversidad.

Se trata de un estudio de la «conexión humana con el océano a través del lente de la exploración y el descubrimiento», dijo Cousteau en un comunicado.

«Estamos entusiasmados por las posibilidades que se abren con los experimentos que este equipo llevará a cabo durante su larga estancia en el laboratorio submarino», señaló por su parte Tom Potts, director de Aquarius.

No obstante, los científicos advierten que se trata de una misión que no debe subestimarse ni tomarse a la ligera.

El laboratorio tiene solo unos 37 metros cuadrados de espacio interior, pero da la sensación de ser aun más pequeño cuando se comparte con otras cinco personas y un equipo de trabajo, afirmó el biólogo marino Deron Burkepile, uno de los expertos implicados en los estudios.

«Le digo a la gente que es del tamaño de un autobús escolar, pero en realidad eso es demasiado grande, porque en su interior hay mesas y artefactos», aseveró.

Para complicar las cosas, los investigadores dependen de sí mismos para arreglar cualquier rotura que se presente durante la misión. Además, el cuerpo también comienza a sufrir los embates de permanecer tanto tiempo sumergido.

«Después de un par de días el traje comienza a dañar los codos, las rodillas y las articulaciones», comentó Burkepile.

«Te quedas en carne viva. Te salen erupciones en la espalda y el pecho. El octavo o noveno día la piel está anegada de agua, tan delgada como el papel. Te cortas con facilidad y tienes frío. El cuerpo no está preparado para ese tipo de exposición. Al décimo día estábamos deseando subir», subrayó.

A ello se suma el hecho de que antes de regresar a tierra firme deben llevar a cabo un lento proceso de descompresión (que dura unas 12 horas). De lo contrario pondrían en riesgo su salud. El hábitat en el que trabajan tiene una presión 2,5 veces superior a la de la superficie.

Pese a los molestos inconvenientes, Burkepile confiesa que se enfrentaría feliz una vez más a la dureza de una estancia prolongada en el laboratorio sumergido.

Cuando deba asumir misiones de 31 días —apuntó— estaré encantado, a pesar del hacinamiento, las erupciones cutáneas, el frío y todo lo demás.

«La perspectiva única de estar bajo el agua durante tanto tiempo es irresistible. No podría rechazar algo así», expresó.

Pionero en la exploración submarina

Por increíble que parezca, son más las personas que han estado en el espacio que las que han vivido largos períodos bajo el agua para hacer ciencia.

Tal vez esto fue lo que motivó al oceanógrafo francés Jacques Cousteau, a construir en la década de los 60 del pasado siglo el primer hábitat subacuático llamado Conshelf I, que tenía forma de tambor. Junto a un colega, Cousteau permaneció una semana en el interior, a 11 metros por debajo de la superficie.

Luego se construyó otro artefacto, el Conshelf II, que en 1963 se instaló frente a la costa de Sudán. Esta vez, los científicos pasaron 30 días en una estructura con forma de estrella de mar.

Según refiere BBC Mundo, el mayor desafío al que se enfrentaron los primeros buzos e ingenieros al construir y vivir dentro de estas estructuras fue entender el efecto de la respiración de gas comprimido durante largos períodos de tiempo.

Tras superar ese obstáculo, Cousteau demostró que las personas podían vivir bajo el agua en el interior de una cámara hasta un mes. Luego la Marina estadounidense construyó el hábitat experimental Sealab I, en las costas de las Bermudas, a 56 metros bajo el agua.

Desde entonces fueron surgiendo nuevos laboratorios submarinos, como el Tektite, el Hydrolab y el Aquarius.

Sin embargo, pese a los adelantos científicos y tecnológicos, los hábitats submarinos todavía son muy pequeños y el ambiente es sumamente hostil.

El viejo continente se suma

Para los españoles el encanto de vivir bajo el agua es también una tentación difícil de resistir. Recientemente se puso en funcionamiento el primer laboratorio bajo el agua de España, para estudiar multitud de variables que ayudarán en la investigación del entorno marino.

Al decir de la revista on line NeoTeo, sobre tecnología, el artefacto ha sido bautizado como Observatorio Submarino Expandible (Obsea), y ha sido instalado a casi cinco kilómetros de la costa de Vilanova y la Geltrú (Barcelona) a unos 20 metros de profundidad. Se trata de un proyecto conjunto entre la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Con este se pretenden estudiar tenues variaciones de temperatura y salinidad para comprobar la calidad del agua, los sonidos procedentes de mamíferos o de las actividades humanas en el mar para evaluar la contaminación acústica y por residuos y el tránsito marino, e incluso monitorizar terremotos y maremotos. Los datos serán transmitidos por Internet.

NeoTeo publicó además que este laboratorio sumergido supera en mucho a los actuales sistemas de medición que suelen hacerse desde buques especializados. Los datos que toman los barcos son discontinuos y corresponden a cortos períodos de tiempo. Con las nuevas instalaciones submarinas los registros podrán realizarse de manera constante.

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